Llevaba unos vaqueros agujereados, barba que cumplía semanas y una camiseta malva clara, como descolorida. Yacía con las deportivas apartadas a un par de metros y algo de comida un poco mas allá; pero a pesar de ello y las gafas de sol chillonas y dobladas parecía una especie de náufrago anacrónico o pijo. A decir verdad, tampoco había cerca nadie a quien pudiese importarle.
La playa a primeros de Marzo es lo que tiene. Calma. Eso y todos los tópicos de las novelas ambientadas en islas paradisíacas: una brisa suave, un sol radiante y cálido en su (aun bajo) cénit, una temperatura perfecta y ni una sola nube en todo el cielo. Eso si, la cala era de piedritas, aunque casi preferible a la molesta arena, pegajosa y penetrante. Reconfortante.
Aún no era época de ver pasar las horas tumbado, pero al menos era fin de semana. Algo es algo. El problema era que no estaba ella para disfrutarlo.
Quizás había pasado la época de escribirse a todas horas, el éxtasis de las primeras veces y las tonterías que conllevan; pero cada día que despertaba a su lado seguía sintiéndose afortunado.
El caso es que gracias a la ocupación de ella la agenda de el hoy había quedado vacía, cogió costa y carretera y algo de música para el camino. El final de la ruta era un punto bien conocido por ambos, pero aquel sábado el parecía el único habitante en kilómetros a rededor. Resumiendo, el juego nuevo de baquetas quedo para el arrastre…
No era nada diestro, apenas había tocado un par de veces, pero era una pena tener el equipo almacenado y escucharlo latir en la distancia cada vez que sonaba en la radio un 4 por 4. Pero ahora había otra sinfonía que vincular. En un descanso, mientras tomaba una cerveza al resbalaje, permaneció alucinado mientras batían las olas. El sonido que tantas veces había necesitado para dormir quedó anclado desde entonces a su próxima melodía.

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