Nadie dirá nada bueno de mi. Quiero decir, con devoción; de verdad. La gente no dice esas cosas. No así por que sí, no si no les beneficia en algo. No tengo nada con qué beneficiar.
A veces pienso en mi como ejemplo de la sociedad, por la simple razón de ser el individuo que más presumo conocer. A veces conocer a alguien es simplemente saber como se le interpreta desde fuera, desde lejos. Odiaría conocerme en persona:
Soy una persona positiva, muy positiva, cínica, inquieta y desconcentrada. Descentrada. Interesante en ese sentido, desmotivada, sincera e irresponsable como pocas. Ágil, deportista y vago, sutil a la vez que evidente. Innegable, insaciablemente terco y fácil de sustituir.
La gente no dice cosas buenas de nadie, sin más. El día en muera quizás sí, pero eso tampoco cuenta. El ser humano es incorregible. Cae en rutinas y blasfema. Nada que corregir.
Nadie sabría que decir bueno de mi, a no ser que le preguntes. Así lo comprometes. Y comprometer a alguien a pensar es la mejor manera de invitarlo a expresar lo que se supone es lo mejor que debe decir. Yo me lo pregunto, a menudo, de mucha gente.
Las personas no piensan cosas buenas de quienes les rodean, sólo sienten emociones que estos les provocan. Se puede idolatrar a alguien y no decir que eso que nos gusta, lo hace bien de hecho. Que coño, adoptan esos comportamiento. Los imitamos todos, pero como deseos; casi nunca como hechos. Si le preguntas a alguien cómo le gustaría ser, te lo dirá de inmediato. Sin duda. Si le preguntas qué le gustaría poder hacer, pensará en la anterior pregunta antes de contestar. Si le cuestionas acerca de qué quiere hacer; una de dos: o te contestará con un «pero… ¿cuando?» o con un «… ¿ahora mismo?»
Fascinante, ¿verdad?

Deja un comentario