Vamos a ello

Espacio para pensar en voz alta de Angel Arias

Y si chove…

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Debajo de un coche. La calzada, mojada, permitió que me arrastrase unos metros en vez de sobrepasarme. El casco no se rompió, pero a crujidos quedó inservible. Suerte para hoy: llueve en el sur del Cairo. Vivo como un gallego en el desierto, estoy mareado. Hay niños en esta ciudad que dudo que hubiesen visto lluvia…

Debajo de un coche. La calzada, mojada, permitió que me arrastrase unos metros en vez de sobrepasarme. El casco no se rompió, pero a crujidos quedó inservible. Suerte para hoy: llueve en el sur del Cairo.

Vivo como un gallego en el desierto, estoy mareado. Hay niños en esta ciudad que dudo que hubiesen visto lluvia antes. La gracia de esta historia es que nadie tiene paraguas aquí y, como alguien totalmente acostumbrado ver la tierra seca, me mojaré como el que más. Lo bueno es que me encanta que llueva, no me importa calarme. Me pone de buen humor. Todo se renueva. Y al llegar a casa ver la cara que pondría mi mujer y empaparla hasta los huesos arrastrándola a a la ducha. Me inundan los días en que el cielo se resquebraja.

Salgo del trabajo como le gusta hacer a todo el mundo: pensando como gastar el tiempo que acabo de comprarme. Mi mente hierve con el deseo de la felicidad prometida en tantos medios y prensa, sentir volar mi cuerpo persiguiendo a mi imaginación por otros países o, por qué no, de vuelta a casa; todo aderezado con la melodía con la que penetra un Jack en una guitarra o un feligrés de la catedral de tu cuerpo. Todo arde con la chispa adecuada.

El peligro de todo ideal es la diferencia con la que observa a la realidad y la fuerza con que nos aleja de todo. Si lo vi venir, mi cerebro no ha querido recordarlo; aunque mi cuerpo me deleita con la misma sensación siempre que intento dormir. Ni siquiera si fue mi culpa. Solo memoricé el costado desde el que recibí el primer empuje (el izquierdo) que consiguió el desequilibrio. Con el derecho me deslicé hasta el atropello.

Las quemaduras dejan cicatriz, pero apenas tardan días en sanar lo suficiente como para poder cuidarme por mi cuenta. Me dieron el alta al tercer día. Con pierna inmovilizada no podía coger la moto hasta el piso, pero al llegar ya me esperaba allí aparcada. Y como ella, al fin recostado en el sofá, comencé a planear como sería apañármelas las siguientes de cuatro a cinco semanas. Por un instante incluso odié emigrar, no por las dificultades que suponga, si no porque siempre lo hago solo.

Bendecida lluvia a la que siempre he cantado.

Te llevaste lo mejor de mi: mi confianza

Y si chove...

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