Corría el año mil novecientos y pico y el que será mi abuelo en funciones decidió que se haría del Madrid porque de ese equipo fueron las chapas que le vendieron en un quiosco de la Cartuja de Granada. Pocos años después, sus colegas bromeaban con que sus canciones estuviesen en la jukebox del billar de turno, un verdadero top tres de la Billaboard de ese año.
Para mi, que apenas comienzo ahora a conocerlo a el y a sus compañeros de cervezas y carretera, me apena que pocos mas lejos de aquí saben de la grandeza de lo que llegaron a crear. Si en vez de los Tristes le hubiesen cantado a Alcalá…
Dicen que el rock en este país llegó con un tuno que se trajo consigo la primera eléctrica que daba calambrazos de Alemania, y que era de la ciudad eterna. Y sin embargo, hoy día que nuestra cultura languidece, Plaza Nueva sigue llevando la contraria. En mil novecientos noventa y dos se registraron exactamente trescientas dos familias, la mayoría con foto. A saber lo que saldría ahora en un libro así…
Y yo allí, Escuchando hablar de Joe Strummer, Antonio Morente o Carlos Cano a los hermanos Lapido, a la Guardia y a los Ángeles, a los Arias de Lagartija Nick y TNT, al hijo adoptivo Carlos Tarque, a Manolo García o a los Niños Mutantes, al mismísimo Miguel Ríos y a los 091!… rodeado de toda generación que ha mamado de la teta del rock de mi tierra, hablándome a mí, el último idiota que intentó hacer de su vida mi diversión. La palabra que busco es admiración.
En Granada siempre ha sido posible. Ahora solo queda cuidar y enorgullecer a quienes nos abrieron las puertas del cielo.

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