Chicos, os voy a contar una historia: La primera vez que le dije a vuestra madre que la quería, ella ni se inmutó. Ni se enteró. Pero guardó aquel trozo de papel con ella para siempre. Y eso fue lo que empujó a mis bromas cobardes a circundar su alma para siempre. Fue el hecho de preservar algo que, aunque fuese insignificante, ella decidió que sería un recuerdo de lo que a todas luces no fue nunca nada más que otra estupidez juvenil, inmadura y tímida. Sopló a mi cobardía la brisa que nos hace preguntar por el horizonte y ni siquiera me atreví a preguntarle si lo hizo aposta.
La historia es que el tiempo pasaba, y yo cada vez quería verla más. Y cada vez que la veía la veía como algo más que una amiga, como a una persona en la que apoyar parte de toda la carga que me encabezonaba en soportar, todo eso que no se puede confesar. Ella lo hacía apenas sin querer.
Tonterías de estas historias que son las vidas, un día algo me hizo ver lo patético de mi existencia y lo absurdo de la situación. Nunca había vuelto a dejarme caer en los abrazos de nadie sin habérmelos ganado. Hacía demasiado que no sabía cómo confiar mi vulnerabilidad. Y cada vez quemaba más, me corroía, maniataba y coartaba. Me suponía un escalón demasiado alto. Sepultaba mi libertad y mi intención. Mi felicidad no me saludaba porque me aterraba depositarla en nadie.
Hijos míos, esta fue una de esas situaciones en las que no sabes qué hacer, no sabes si reír, llorar, agarrarte a un clavo ardiendo o, incluso, acorralarte a ti mismo en una esquina pidiendo auxilio desesperado. Pero el final de esta maravillosa historia sabéis cual es, porque estos mil y un sentimientos aún no han perecido. Es más, seguro que aún lo guarda por ahí.
Creo que voy a pedirle que lo busque y me lo lea…

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