Déjame convertirte en la piedra en la que apoyarme. Déjame intentar hacerte feliz al transformarme tu en el hombre que siempre quise. Te siento ya como a una necesidad.
Enamorarse no es tan difícil como la gente quiere dar a entender. Yo mismo soy capaz de hacerlo siete u ocho veces al día, basta con que la vea tantas veces; aunque la mitad de ellas no pueda ni mirarla a la cara. Hay horas en las que pienso que me gustaría volver a sentir esa irreal exigencia de irrefrenable carne humana, de besar de manera que nada de lo que te rodea pueda hacerte parar, de perder el tiempo y perderse en las horas. Sentirse como dos jóvenes abrazados, ingenuos y desvestidos, curiosos experimentando con la piel y la hiel. Añoro retornar y retomar ese instante salvaje en que todo hombre pierde la humanidad y la razón justo por donde lo dejé. Si me vuelves a enseñar tu cintura, date por muerta.
Conozco un sitio en que lo intelectual y lo físico se confunden y pelean, no recuerdo bien a que altura de mis labios. Quiero a alguien que sea la culpable de quitarme la manía de leer todas las noches menos una. Pequeña de las manos irascibles, hazme crear a todas las horas del día. Concédeme tu cuello por unos segundos y te convenceré para que me desnudes.
Haz que tus palabras me envuelvan hasta desgastarme.

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