Solo. Cómo si no iba a sentirme. Desamparado, sin red sobre la que tirarse al vacío. Pero cada día me resulta mas fácil hacerlo, cada vez es mas complicado sortearlo y cada se vez se hace mas negro el agujero.
Se llama desconfianza, lo sé, lo que no consigo definir es al sujeto de la oración. No hay posible complemento.
Desde lejos me miraba, detenidamente, sólo que aun no me había dado cuenta. De hecho puede que aquél ente tampoco me distinguiera aún, una silueta oscura entre las sombras. Aunque sin luz, la palidez de mi cara debería verse desde lejos. Por supuesto que recuerdo la sensación: Paseaba otra vez por Granada y me dejé perder hasta tener que decir «ya es hora de volver a casa»… Y si a ciegas viese algo, seguro hubiese roto a llorar.
Lo recuerdo como si me viera. Ahora mismo, en tercera persona. Como un ser aparte. De mi. Y me di. Según ella se acercaba, comprobó que efectivamente era yo el que hacia compañía a la farola, con el poste igual de recto y la luz igual de rota. A oscuras, pero con sombra. La Luna fue lo que me hizo verme dibujado en el suelo. Y hasta mi silueta parecía mas inquietarse que yo, pero mi mente pintaba lo que le apetecía y en mis recuerdos aparecías, aún más joven, peinándote morena en el espejo de mi baño, aunque no recuerde la casa. Al descubrirme sonreías, y luego me largabas. Te acicalabas para llevarme a pasear hasta la parada de tu autobús. Todas las mañanas para irte a trabajar.
Ya no tengo cama a la que pueda llamar hogar. Del somier se rompió la pata que sujetaba todo el peso de mi espalda, y desde entonces no me deja dormir un rato, agotado, antes de que halla pagado la correspondiente pesadilla que me toque. Siempre las hay mejores, pero yo prefiero las que apareces para volverme a dejar atrás. Me quedé sin «te quieros» anónimos.

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