Se despertó y desperezó, más despacio de lo que acostumbraba. Sentía como si hubiese pasado toda la noche en vela, escuchando la lluvia, pero al mirar por la ventana no había nada mojado. Aún sin abrir del todo los ojos, no reparó en que la neblina lo envolvía todo.
Algo se había comido toda la ciudad. Los coches por la carretera mantenían las luces encendidas, por lo que desde la ventana parecía poco más que un tubo brillante de luz. No reparó en ello hasta que café en mano se acercó a la ventana, y tras intentar desempañarla un par de veces por fin fijó a vista un poco más allá. Y le fascinó.
No era tan pronto como le parecía, ni tan tarde como para preguntarse que pasaba ahí fuera. Simplemente no estaba, ni muchos menos, acostumbrado a despertarse en un lugar tan extraño como ese, en un país en el que todo el mundo vive de la agricultura y ganadería. Un sitio peculiar.
La vida comenzaba a abrirse paso entre la neblina, el pasto a trabajar y el rugido lejano de la maquinaria retronaban sin saber desde donde. El día parecía haberse desperezado cuando lo hizo el, solo que a otro ritmo. Como si alguien lo hubiese pausado hasta entonces.
Pero de repente, con el mismo aviso que hizo al legar, la niebla se dispersó y dejó paso a la claridad de la mañana aún por bautizar, el cielo resplandeciente pero aún cubierto de nubes. Y, como no, empezó de frío a llover.

Deja un comentario