Vamos a ello

Espacio para pensar en voz alta de Angel Arias

Gato negre

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Esta tarde por fin ha pasado algo raro. He salido sonriendo de un examen. Riendo. Total, que iba con la bici por ahí, hasta casa hasta que me acerco a la curva esa rara que hay en la espalda del colegio, la que se coge en bajada a ciegas, derecha cerrada izquierda antes de que…

Esta tarde por fin ha pasado algo raro. He salido sonriendo de un examen. Riendo.

Total, que iba con la bici por ahí, hasta casa hasta que me acerco a la curva esa rara que hay en la espalda del colegio, la que se coge en bajada a ciegas, derecha cerrada izquierda antes de que se abra a la carretera. Atraviesa una pequeña urbanización en la que solo viven viejos, así que nunca pasa un coche, te puedes tirar a la curva sin mirar, sin saber que hay detrás.

Pues eso, que estaba en la calle de arriba, pensando ya en la tumbada, con las ruedas bien infladas para que rueden más rápido, para que tengan menos agarre. Yo, a veces, hasta freno un poco antes. Pues estaba ya en la recta anterior y me embobao mirando a un gato. Un gato negro, pequeño, recostado. No sé por qué, pero cuando he pasado a su lado se ha levantado sobre sus patas delanteras y se me ha quedado mirando. Luego me di cuenta de que había unos cuantos gatos mas al lado. Dos o tres.

Al otro lado del charco, unos metros más allá, estaba ella. Una niñata como esas que salen en la tele anunciando colonia. Una flaca de pelo ondulado y claro, con mil expresiones en su cara y demasiados mohines para mi gusto. Estaba loca. No paraba de hacer tonterías. No… si al final me habrá venido hasta bien. Era como una de esas crías a las que te dan ganas de invitarlas a un chocolatito caliente cuando la ves por la calle.

 Lo bueno que tiene este lado de la playa es que ahora tengo el piso todo para mi. Puedo andar por el salón en gallumbos y ojear los álbumes. Y odiarlas. Ahora mismo estoy tirado en el sofá, rompiendo las fotos en las que salimos juntos, o sales sola y no me da la gana, Notre Damme y el Sacre Coeur, las cataratas del Rin, la Ópera más grande de Oceanía y algunas de Tierra de Fuego del sur de Argentina, y del monte del Corcovado. Hacen una buena alfombra, todas rotas por la habitación. Ahí se quedan, no pienso recogerlas. Así es más fácil olvidarla, ahora puedo dedicarme a mis tonterías. Cualquier cosa que me distraiga.

A aquél lado del Mar Negro, Sochi cae en rebelión. En Siria entraron ya los yankis. En Líbano, Beirut parece que nunca acabó la guerra civil. Túnez siguió el tirón del 15 M, y de Jordania mejor ni hablamos. ¿Pero Rusia? No había manera humana de prevenir que el invierno y el vodka podría volverse de repente tan Europeo, tan señorito metropolitano.

Y con lo brutos que son, y la poca paciencia que tienen, el ayuntamiento y el congreso ardieron pronto. La sangre caía de la frente de un joven que hablaba en los televisores del resto del mundo moderno, y haciendo una pausa, se giró para lanzar una piedra del tamaño de un puño a quienes meses atrás habían compartidos las clases en los institutos. Según que barrios, los periodistas del viejo continente se frotaban las manos con las imágenes y el dinero que bien conoce el morbo. En las instalaciones que hace pocos inviernos sirvieron de soporte de unos Juegos Olímpicos hoy empiezan a cobijar a tanta gente como se atrevía a arrimarse, aún bajo la amenaza de los guetos que empiezan a hacer publicidad. Norteamericanos vienen en busca de petroleo a cambio de sus “favores” y ahogan al pueblo con sus propios oleoductos. Asia, hasta los huevos de verse como la eterna promesa de potencia mundial, nos quieren demostrar sus últimas creaciones tecnológicas, más motivadas las unas por las otras.

Aún no se ha declarado el estado de guerra. Padua no tiene aeropuerto propio, pero ella empieza a desesperar en silencio por ver bajo el avión la silueta de la Bolonia desde la que partió hace unas semanas. Y aunque los dueños de los Urales promulgan con la falacia de ser aliados de la ONU y de la Unión de la bandera azul y el círculo de estrellas, a estas las retiene en sus estaciones de transporte público. Ella recuerda con pesadumbre a su familia y espectadores los cumpleaños que celebran algunas de estas riñas, que los mandatarios se lavan las manos como pueden, nos contagia de la agonía de tantos que ni salen ni pueden volver a entrar. Pero se muestra fuerte. Tiene que ser la más fuerte. Y eso duele más.

Pero a partir del quinto día historia se hace insoportable. Los atracos y robos, la delincuencia y las bandas se hacen respetar. Nadie sabe hoy bien donde esconderse, a quién encomendarse ni a quien prestar favor.

 Los suministros escasean y yo ya no puedo dormir. En Galicia empieza a llover.

 Al octavo día los cuerpos militares controlan las aglomeraciones de gente, haciendo frente como pueden a la anarquía ya inherente y tapado. Las centrales ya se colapsaron, los periodistas no dejaban de entrar, ni la información, ni los paquetes postales con dios sabe que. Era imposible el simplemente ser.

Le habían vendido hasta nueve tiquets distintos para salir antes del decimotercer día, de los cuales tres ni siquiera los quiso validar el estado, otros cuatro los cancelaron y los dos restantes definitivamente la devastaron. Una vez secuestraron el autobús al poco rato de salir. La otra ni siquiera pudo salir de la estación: una hoguera en la vía ayudó a esos sinvergüenzas a robar en el tren. El centro parecía un hervidero de turistas deshuvicados que pululaban de una estación a otra.

¿Qué hacer? ¿Qué pensar? No hay nada que intentar cuando simplemente sabes que el hecho de intentarlo va a derribar así toda moral. Y la pena es que todo pase tanto a oscuras, a espaldas de la sociedad que tanto se queja de banalidades en la otra esquina del mundo. Hay quienes no padecen por la enfermedad del vecino hasta que se contagia, y luego pide ayuda.

 Casi por principio, por convicción o porque no había mucho más que hacer, volvió a intentarlo. Coincidió con una señora mayor y sin saber bien por qué, eso le renovó el ánimo, le contagió de esperanza. Buscó y encontró un par de vuelos hasta Barcelona, no importaba ya si eso quedaba cerca o lejos de casa, con que supusiese salir de allí, le haría bien.

 Algo le decía que esta vez si. Que ya era hora de que algo saliese bien. El karma o quien fuese se lo debían. Decidida, acompañada y sonriente, expectante como hacía días no era posible. La prensa anunciaba que comenzaban a asegurarse algunos viajes, aunque por detrás se escondía el cierre de algunas barreras fronterizas que se estaban cerrando a cal y canto. Pasó por el detector de metales y aunque no pitase, la cachearon y manosearon como quisieron. Le quitaron la poca comida que llevaba en el bolso, ya en la maleta no quedaba mucho más que ropa. Entró a la zona de embarque y comenzó a pasear como si quisiera disfrutar de ese momento, como si quisiera mantener viva la esperanza de que esa vez si. Se acercó a un panel de información y el luminoso le indicó la puerta de embarque y una inquietante palabra tras cada destino: “Delayed”.

Durante un par de horas esperaron viendo como muchos de los destinos que rodeaban al suyo tornaban el aviso amarillo al cancelado de color rojo. Algunos vuelos parecía que ciertamente despegaban, pero conforme caía la noche aumentaba la progresión de vuelos retirados. Cada vez tardaban más los avisos de las puertas de acceso. Ella conversaba con la señora que la acompañaba, y eso ya era una mejora. De casa, de la provincia natal, de que ella había salido a estudiar y luego emigró por trabajo, de como en otros tiempos eso se veía incluso normal, de las estúpidas guerras.

Sinceramente me equivoqué. En la situación en la que se encontraba no era buena idea intentar sorprenderla, pero al menos se que se alegró de verme cuando al girarse se levantó de un salto a abrazarme.

-¿Para qué has venido, imbécil?
-No podía vivir sin ti.

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