Vamos a ello

Espacio para pensar en voz alta de Angel Arias

Dulces sueños …

By

Al llegar a casa el primero que me saluda es el perro. No me deja no quitarme los guantes, Alfred se engancha de la bufanda de un bocado y en volandas me obliga a juguetear con el. Y no es para menos. La fiel espera se lo merece. Según me voy desabrigando estoy cada vez…

Al llegar a casa el primero que me saluda es el perro. No me deja no quitarme los guantes, Alfred se engancha de la bufanda de un bocado y en volandas me obliga a juguetear con el. Y no es para menos. La fiel espera se lo merece.

Según me voy desabrigando estoy cada vez más cerca de la habitación. La cruzo de puntillas para no despertarla y entro al baño, pero ni siquiera estaba dormida.

– Me preguntaba si esta noche vendrías o estaba esperando para nada. ¿Qué hacías?
Mientras me giraba, empecé a planear la replica. Y no la pensé mucho. Podría haber dicho cualquier cosa, pero sonó:
-Desesperarte…

Y quizás sonó con mas miedo que desdén. Lo sé porque no dijo palabra hasta que la acompañé en la cama de matrimonio, y cuando lo hice, giró media vuelta y se durmió. Ya no se preocupaba ni dudaba a escondidas por las posibles amantes que yo pudiera tener, ahora simplemente me mostraba su indiferencia. Y tenía todo el derecho del mundo a hacerlo.

El estúpido orgullo y casi tres años ya de matrimonio habían conseguido que nuestra inexperta pareja hablase cada vez menos, que el día a día supusiesen los ladrillos de la casa de la rutina que íbamos construyendo para que habitase el desinterés de lo cotidiano. Ella cada vez echaba mas horas a leer sus libros y leyendas, y yo cada vez más tiempo en el despacho del trabajo. Y sin embargo seguíamos tan enamorados o más que el primer día, preocupados sin dormir por el otros; salvo que el orgullo, la falta de originalidad y de soluciones nos mantenía firmes en nuestra postura del silencio.

Cualquier cosa. Podría haberle contestado cualquier cosa. Podía haberle dicho que la echaba de menos, que perdía las horas trazando la ruta para que volviéramos a tener aquella complicidad o incluso que me asustaba no poder mirarla ya fijamente a los ojos.
Podría haberle dicho cualquier cosa que ocultase la sorpresa de que perdía las cenas escribiendo novelas para ella, cuentos en los que era la princesa que sólo yo sabia que dormiría abrazada a mí muchas más noches.

dscn3821

Deja un comentario