Estoy demasiado cansado. Hace tiempo que sé lo que quiero ser pero no cómo actuar para conseguirlo. Y aquí sigo, encerrado en otro autobús, en otro destino irrelevante. Las luces de una ciudad se reflejan en el cristal, a lo lejos. Mi sino es no dormir una semana seguida en la misma ciudad, no pasar dos noches seguidas soñando.
A la fuga, como el grupo. Casi desde entonces adoro esa guitarra sinvergüenza, esa voz desgastada en mil carreteras. Rock.
Desde entonces, mi guitarra se llama Steel, Estela; como el metal inoxidable, acero. Es la cola de cometa que debería guiar mis pasos.
En la cama, sudando, otra mañana estúpida de domingo. Y jurar que cambiaré de vida… Nos gusta prometer.
Así fue como mi despertador se convirtió en un amplificador. Miente quien dice que odia una canción por las mañanas, que se cansó de que le despertara, porque eso me dice que nunca la amó.
Con sus notas. Revueltas, juguetonas. Estridentes.

Hay quien jura que haciendo lo mismo, una y otra vez, no se consiguen resultados distintos. Yo reto a su física imposible. Sinceramente pienso que, en ocasiones, no hay que dejar de insistir, ensayar una y otra vez. Hasta que duela incluso el aliento. Hasta que no quede.
Hoy sigo igual, sentado en el balcón, mirando al infinito, prometiendole que algún día lo alcanzaré; pero demasiado cansado otra vez. Mañana, cuando las ondas de la guitarra me despierten, lo volveré a intentar… Si consigo soñar esta noche.
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