Vamos a ello

Espacio para pensar en voz alta de Angel Arias

La capucha azul, los ojos negros

By

La capucha subida le quitaba el frío de las orejas en parte. El resto lo ponían los auriculares del iPod con una música que no paraba de subir. Poco a poco le absorbía y no tardó en entrar en ese estado en el que poco importa quien oyese, pero necesitaba acallar la voz que le…

La capucha subida le quitaba el frío de las orejas en parte. El resto lo ponían los auriculares del iPod con una música que no paraba de subir. Poco a poco le absorbía y no tardó en entrar en ese estado en el que poco importa quien oyese, pero necesitaba acallar la voz que le empujaba a cantar. Volvió a perderse del mundo.

Pensaba entonces en él mismo, en como le iban las cosas o qué debería hacer a continuación. Echaba de menos su guitarra, tocar con los colegas, hacer ruido.

Granada comenzaba a llover. Ella es así, tiene una época del año que no sabe si invitarnos a pasearla o desearla desde la ventana.

Una de las pocas cosas que aún recuerdo desde que me fui de aquí es que en noviembre llueve. Pero no fue hasta que llegué que aprendí a controlarme; y aún reza en la pared de la habitación de aquella mi primera residencia desde que salí de casa mi lema: ”Sólo canto en voz alta cuando llueve, porque sólo a la tormenta le permito acallar mi voz”.

Y esta noche Granada lloraba mi reencuentro. Su cielo me permitía hacerme uno con ella. Yo le daba mi pulmón y ella a mí su frio.

Arreciaba. Y desde la Alhambra y su cerveza el camino a casa era largo. La capucha azul, su mirada profunda. Oscura o negra, para perderme. Aquél beso, aún no sé si robado, era mi único abrigo. Los labios ardiendo, pero los pies mojados.

Nunca me atreví a volver a preguntar. Nunca quise saberlo, pero no creo que fuera el mejor momento. Aunque aquél día, supongo que todo me daba igual. Según soplaba el viento yo gritaba, más fuerte.

Un claxon. Un pitido en ve del trueno que esperaba. Eso fue lo que me salvó aquella noche. Ni el estaba en condiciones de conducir, ni yo en condiciones de no beber. Pero el asfalto quiso que saltase a tiempo de llevarme solo un golpe. El ni paró.

Ni la cama daba tanto calor como sentí en aquel momento: los labios me seguían ardiendo.

Deja un comentario