Sábado noche de las primeras de calor y alcohol. Frente a frente con otra forma de enfrentar mi talón de Aquiles.
La barba de los veranos y febreros, o más, y el rostro perdido a juego. Me sobraban botones de todas partes para evadirme de la asfixia. Pero esta noche, quería ser yo. Y ya se sabe, el whisky, con limón, sabe mucho mejor.
El primero. Y el segundo. El tercero sabe a gloria. Y del cuarto… no sabría que decir, no sabría rememorarlo, sólo recuerdo su sonrisa. Porque me miraba, aniñada, con esa energía que sólo vosotras tenéis y esa cara de no querer demostrarlo; esa actitud. Desafiante
Pero la suerte es mi aliada. Y aquél rock & roll mi casa, mi llamada. Y la noche fue larga. Comenzó a serlo.
Lo bueno de estar vivo es poder vivir esos cientos de historias que, aunque no sabes cómo pueden acabar, resulta que sólo puedes pensar que no quieres averiguarlo. Apúntame un +6: 30. El primero

Aquella tarde comienzas a pensar, recapacitas sobre todo lo acontecido. Y sonríes. Por lo bajini…
Y ellas ven en nosotros la magia de lo distinto, lo exótico, tanto por aprender. Ese romanticismo intrínseco a lo nuevo y contrario. Bueno, en realidad sus ojos me decía algo, yo lo sé.
Porque no puede ser que una sirena sepa bailar tan bien, sin tener piernas. Pero sigue sucediendo que, sobre cualquier superficie, cautiva y descuidada aparezca una cara sonrosada de sus mismas condiciones. De mis mismas necesidades.
Como a todo humano, les gustaba ser abrazados. Les costaba la misma vida ser sinceras con ello, pero las hace aún más naturales.
El segundo y tercer dato fueron muy similares. El cuarto llegué antes a casa: 2:45. El quinto me tiene aún en vilo.
Pero es que sales del ruido y el baile de dentro, de las conversaciones de whisky con cola y discoteca y te encuentras con eso. Un amanecer rojo sentado en el portal de enfrente, con la cabeza gacha. Dice que está cansada. Pero siempre le quedan fuerzas para bajar a la playa a ver salir el sol durante horas…
No he perdido cien horas de sueño. He ganado cuatro noches suizas.

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