Vamos a ello

Espacio para pensar en voz alta de Angel Arias

Cambalache

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El día de hoy empezó pronto, anoche al poco de pasar las 12. Delante mía, otra noche en vela en la que preparar el trabajo a presentar mañana a primera hora. Pero a mi ordenador no le gustó la idea, y el programa en cuestión no se dignaba a responder. De hecho, por más que…

El día de hoy empezó pronto, anoche al poco de pasar las 12. Delante mía, otra noche en vela en la que preparar el trabajo a presentar mañana a primera hora. Pero a mi ordenador no le gustó la idea, y el programa en cuestión no se dignaba a responder. De hecho, por más que lo borraba e instalaba de nuevo no conseguía nada. Y en esto dieron las 3. Mamá, tengo una mala noticia para ti: las infusiones para dormir que me compraste no funcionan conmigo. Pero no pasa nada, mañana madrugo, voy una hora antes y hago el trabajo en los ordenadores de la facultad.

A las nueve y media empiezo a dar vueltas en la cama, miro el móvil y él me pregunta por la zona horaria. Esa fue su excusa para no despertarme a las siete.

Con la práctica perdida y la tarjeta de crédito inutilizada, aprovecho para ir al banco. En bici. Un paseo casi al centro, con el suelo mojado amenazando poca fricción y sí: empieza a llover.

Hasta la escena de la mujer que se le cae la bolsa de  monedas delante mía en la cola de espera. Hasta la toma de dar un pequeño rodeo para no atropellar a un peatón y justo en esa curva el coche que me adelanta por la calzada me salpica y empapa. Mi mañana empezaba a parecer una película mala.

Corriendo a la última clase del día me veo en la puerta de la facultad, con el golpe de la curva de la segunda rotonda aún latiendo en mi costado derecho, asustado y rápido. Pero sin llaves. La opción 2 de volver en vez de pasar el día esperando a la noche que volviese alguien a casa pasó a ser la 1.

Con calma, cauto, hasta se diría que el paseo bajo el agua de Málaga puede ser agradable. La puerta principal de la urbanización abierta y el cartero me da el correo en vez de al buzón. Factura. Factura… Cambalache.

Hoy al pensarlo casi me enfado conmigo mismo al ver que esa fue la primera vez que sonreía en todo el día.

Y ni era para mi, ni creo recordar lo que era aquél paquete, pero hay veces que solo necesitas tener algo a lo que aferrarte para empujar un día más.

O quizás, mientras te mojas, te convences a ti mismo de que, lo próximo que encuentres, será lo que te haga reír.

camba

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