Feliz.
Las sombras de lo que antaño fue una catedral hoy no es más que un montón de oficinas, clases y laboratorios. El pavimento olor a te y azahar se quedó en césped parques vacíos y una rotonda aún en obras. Y no hay manera de salir de ella.
El teléfono, ni suena ni son horas de marcarlo, pero dice que son algo más de las tres. Porque a las dos fue buena hora para que me dijese que en la terraza no había suficiente espacio para mi y mis pensamientos, y recién levantado por la calle se puede pasear, tranquila, sin brisa en la frente, seria.
De aquella música tampoco se nada. Hace días que mi bolsillo se quedó vacío. El izquierdo, el de las experiencias. Ahora sólo suena mi garganta, resbaladiza, sesgada, más tímida que nunca, más muda que de costumbre. Son compases demasiado lentos para mi. Maldita suerte.
Lo que antes era inocencia ahora es mi droga, tu nombre es el mío. La distancia ya no se mide en kilómetros, son días.
Soy el más manso de los animales salvajes que hay por ahí, por domesticar. Por embrujar. Por dominar. Pero la bestia no suele despertarse bella por las mañanas. No en este cuento.
Al llegar a casa, y por más que mire al espejo, el inútil de ahí enfrente no me saluda, no se decide a hablar conmigo. Y mira que lo echo de menos. Y mira que lo necesito. Lo bueno es que se que siempre estará ahí mañana por la mañana, y pasado por la mañana, y al siguiente; pero sólo por la mañana. Por primera vez, la noche no es fría. Pero este calor me asfixia. No sé que hacer con el. Es estúpido.
En esta vida no hay problema alguno, mas que aquél que siempre evitamos reconocer, y aquél del que escapamos, y aquél del que no sabemos cómo salir, y ese del que nunca sabemos qué solución es la optima, oportuna o que simplemente nos guste.
Sin embargo, hay alguna certeza inmutable: lo pasado es vivido y siempre se podrá revivir.
Su desnudez es mi debilidad. Su fortaleza mi apoyo. Su corazón, el de los dos.

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