Vamos a ello

Espacio para pensar en voz alta de Angel Arias

Knock down (I)

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(Heroes – David Bowie) Volvía a tener barba y frío. El carajillo de la tarde que había adoptado por costumbre sobre el alfeizar del estudio era ya más whisky que leche, porque ya no necesitaba café. Pero lo que peor llevaba era no saber por qué. Tenía los nervios rotos desde hacía varias noches. Como…

(Heroes – David Bowie)

Volvía a tener barba y frío. El carajillo de la tarde que había adoptado por costumbre sobre el alfeizar del estudio era ya más whisky que leche, porque ya no necesitaba café. Pero lo que peor llevaba era no saber por qué. Tenía los nervios rotos desde hacía varias noches. Como un perro atento al cielo que todo lo escucha, preparado para cualquier cosa. Algo tenía que pasar.

Fuera no había luz. Como otras veces, volvía a fallar el alumbrado y la escalera mecánica de los electricistas estaba tendida sobre el poste del transformador. Tras retirar el alumbrado de navidad venía dando problemas a todo el vecindario.

Catarsis. El retumbar a lo lejos sobresaltó a todos, una explosión que hizo saltar varias alarmas de coches y a otros tantos perros aullar. El suelo empezó a temblar. No mucho, lo suficiente para que el susto que anterior los desequilibrase, el mecánico calló con la grúa y la mala suerte aliada, encima del poste, se desastilló sobre el cuadro de luces de la urbanización abierto hasta que el transformador hizo contacto. El fulgor del fogonazo  me destelló hasta a mí.

Pero desde allí arriba podía verlo todo con más perspectiva.

Los mecánicos, entre el pánico ferviente y lo inesperado de la situación, no sabían cómo hacer para apagar las llamas que habían prendido en los árboles cercanos, que se transmitían de uno a otro y acababa de cruzar la valla del vecindario. Algún que otro viandante  empezaba a arremolinarse en los alrededores, algunas personas se atrevían incluso a arrimar el hombro, con reservas, con miedo. Normal. Alguna mujer gritó asustada, exigiendo auxilio, llamando a los bomberos creo. Y la noche apretaba.

Nadie se percató. Mis voces se ahogaban entre el tumulto de abajo, así que cogí las escaleras abajo, decidido a ayudar. La maquinaria del remolque también comenzaba a arder y la chapa parecía débil para proteger el depósito.

Sólo me dio tiempo a salir del portal. Y desde ahí, petrificado, contemplé de nuevo a gente desaparecer.

Quienes más cerca estaban saltaron disparados por los aires. Las llamaradas alcanzaron al resto de la gente ocupada, salpicaron muchos metros en rededor. Suerte que la onda expansiva me hizo retroceder. Lo justo para sacarme de mi ensimismamiento y protegerme con los brazos de las esquirlas de cristal y plástico.

La sirena de unos camiones rojos iluminaba el fondo de la calle. La gente asistía entre sollozos a los heridos, pero yo seguía mirando a todos lados, como si quisiera adivinar cuál sería la próxima sorpresa. En cuanto aparcó el camión, mientras los bomberos salían con la manguera a todo trapo; conseguí cortar el paso al conductor, que se disponía a ayudar.

-Las llamas de dentro empiezan a llegar a las viviendas. Hay que avisar a los vecinos.
Me miró durante un instante, sorprendido a la vez que repasaba mentalmente el plan.
-Sígueme.

Mientras corríamos la voz por los portales, otro oficial vino con un puñado de máscaras en una bolsa y, tendiéndonosla, nos hizo señal de entrar. Me pareció ver que, empezando a subir las escaleras, miró un instante atrás, no demasiado convencido de si debía haberles seguido, pero no le quedó otra, me vio muy serio.

Por la radio que llevaban en el cinturón de la chaqueta se escuchaban constantemente instrucciones, preguntas, información.
-Subid a la última planta y desde ahí, bajando, aseguraros de que no queda nadie en el edificio. Sois los últimos en salir. Repito: sois los últimos en salir.

Hubo algunas viviendas en las que no respondían. En otras ya estaba saliendo la gente que nos miraba, sin saber qué hacer.

-Procuren avisar a todos los vecinos. Señora ¿hay personas mayores en este bloque?
-Creo que en el segundo hay un par de parejas.
-Bien, mientras bajan traten de avisarles y ayudarlas a salir
-Cariño, tu sal con los niños yo me encargo.
Ella lo miró, y con un leve beso le dejó salir corriendo.

La radio seguía dando órdenes:

-Martín, acércate a la puerta del primer edificio. Reúne a todas las personas que salen. Entérate de cuantas personas tienes y cuantas deberías.
-Sí, jefe. Me llevo a dos míos, uno por bloque.
-Afirmativo.

Todo parecía poco a poco estar controlado cuando volvió a escucharse una explosión, sorda, esta vez cercana. Las paredes absorbieron el impacto, no se sabe dónde, lo que causó que esta vez sonase tan grave.

-Todo el mundo al suelo. Por favor, señores, manténganse a cubierto, aquí no hay nada que ver. Este puede no ser un lugar seguro.

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