John Nash caminaba de vuelta a casa, con la mirada fija en el camino, pensativo, serio, muerto de frío. El invierno había llegado pronto ese año al este de Edimburgo y los mayores de Winchburgh ya sólo se atrevían a salir por la mañana al parque a jugar a la petanca. Siempre fue una tranquila villa residencial de las afueras.
Atravesó el parque hasta llegar a las fuentes, que seguía funcionando incomprensiblemente, se sentó en el banco de la esquina, como siempre y dejó el bulto a su derecha.
Tardó en romper a llorar el tiempo en que sus manos llegaron a cubrir su cara, agachada.
Como el olor a chimenea, el lago helado donde todos los inviernos solían patinar, el frío había entrado en el cuerpo de todo ser cuanto allí habitaba. Fuera del recinto aguardaba alguna gitana y el inconfundible aroma a castañas asadas, pero ésta vez pasó de largo; con las manos en los bolsillos del abrigo, colgando la bolsa blanca de la cruz verde y los basiliscos entrelazados, la barba cana de tres días y la boina oscura.
-Invencibles – imaginando poder hablarle – Te prometí que juntos seríamos invencibles.
Cuando entró en la penúltima casa de Station Road, Claire seguía esperando acurrucada en el hueco de la ventana del salón bajo una manta. Sonrió al verlo llegar; con una mirada de cariño que parecía impropia en una persona tan pálida.
-Cada vez tardas más…
-La gente se preocupa por tí. No deberías haber salido de la cama.
Al besarle la frente, John sintió más frío que en todo el paseo, así que recogió la ceniza de la chimenea y comenzó a encender la lumbre. De repente, el silbido agudo de la cafetera los llamó desde la cocina.
-Ya voy yo.
Pero él no podía hacer otra cosa que contemplarla…
——
-Dime la verdad, John. ¿Cómo está mi hija?
-Mejor de lo que los médicos dicen. No saben lo fuerte que ella es. Pero infinitamente peor de lo que ella muestra.
-En eso se parece a su madre. Es tan fuerte como ella fue, pero tan cabezota como yo… ¿Cómo se ha tomado que hallas dejado de ir a trabajar para cuidarla?
-Aún no se lo he dicho. Sólo que hay poco trabajo
-¿Y te ha creído?
-Estoy convencido de que no. Eso es lo que me asusta…
——-
Y con el café en la mano, y una vez devuelta la sensibilidad a su cuerpo, no era capaz de estarse quieta. No por más días. Así que volvió a apoyarse en la ventana y las ganas le empujaron a volar a través de ella.
-Llévame por ahí. Necesito volver a pasear por el Union Canal hasta Philpstoun. Sácame a bailar, a patinar por el lago en cuanto se congele.
-Nada me hará más feliz.

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