Cada vez parecía más difícil alcanzar cualquiera de las metas que tenía. Cada vez que tenía una nueva oportunidad, volvía a errar, por más ganas que le pusiese. Tanto que llegó a soñar con abandonar en lugar de soñar con lograrlo.
Pero, si por algo se le conocía en el lugar era por ser frío como el hielo, por no tener sentimiento alguno, y todo el mundo estaba convencido de que lo volvería a intentar, de que al final lo conseguiría, de que ese trasto al final volaría y en el pueblo celebrarían ser la orgullosa cuna del primer aeroplano personal eléctrico.
Y nada más lejos de la realidad. ¿Qué ser humano es capaz de no sentir nada? Hacía ya meses que pensaba que nunca saldría bien, que no sería capaz. Pero nunca fue capaz de dejar tirado a todo el mundo que lo empujaba desde atrás, que lo habían llevado siempre en volandas. Por eso, y aunque pensase que no era posible, tenía el deber de seguir intentándolo. Y eso es lo más frustrante que puede suceder.

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