Vamos a ello

Espacio para pensar en voz alta de Angel Arias

Causalidad

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Apareció su silueta por la parte baja de la plaza, paso firme y mirada tímida. Parecía que algo buscaban esos ojillos saltones, y yo temblaba porque ese algo fuese yo. Y así, por supuesto, conseguía hacerme sentir superior a todos los hombres del lugar, tantos que giraban su cabeza ante las provocadoras curvas de aquella…

Apareció su silueta por la parte baja de la plaza, paso firme y mirada tímida. Parecía que algo buscaban esos ojillos saltones, y yo temblaba porque ese algo fuese yo. Y así, por supuesto, conseguía hacerme sentir superior a todos los hombres del lugar, tantos que giraban su cabeza ante las provocadoras curvas de aquella pícara silueta.

Hacía demasiado que no nos veíamos, pero, si la distancia no había logrado que cada uno de nosotros pudiese olvidar al otro, tampoco el tiempo iba a hacerlo. Jamás dejarían que ocurriese. Nunca dejarían de molestarse por mucho que pudiesen viajar o vivir, y por supuesto, lo hacían con gusto.

Y ahí estaba él: el hombre que nunca quiso sentirse atado, manteniendo la que podría considerarse la más firme de las relaciones, la más sincera de las pasiones, por mucho que su camino se torciera entre visita y visita a la ciudad. Y ella, la niña bien, que pensó que todo en esta vida hay que ganárselo, que enamorarse era una fantasía y que sólo se puede querer a una persona con el tiempo, tras conocerla bien.

Puede que ninguno de los dos tuviese lo que de verdad quería, pero con ello eran felices. Al fin y al cabo, ninguno había corrompido sus ideales. Y a ambos les gustaba  jugar.

-Bienvenido a la ciudad, de nuevo.
-Es agradable volver a casa, de vez en cuando. Aunque sea por saber si se me echa de menos algo.
-¿Por qué no lo compruebas?

Al final siempre era así. Siquiera tenían tiempo de hablar demasiado, pues las visitas eran cortas y los viajes constantes. Sin embargo, solían coincidir a menudo, más por causalidad que por casualidad. Pero les servía, les completaba, les gustaba vivir su aventura y sentirse aventureros.

-A veces no nos entiendo. Te tengo entre mis brazos y no paro de pensar en cuando volveré a hacerlo como si ya me quisiese marchar.
-Quizás lo quieras así. Puede que me veas como a una más de los cientos de chicas a las que adulas, una en cada puerto.
-Puede, pero a ti no te gustaría verte así. No es así… Aunque me gustaría.

Ella le propinó un puñetazo en el hombro mientras reía.

-No podrías olvidarte de mí, creo que ni aunque lo intentases.
-Ni tu podrás retenerme en casa algún día, trayendo el alimento diario como un buen marido.
-No lo sabes
-Vale, quizás sí. Pero eso no es lo que te gusta de mí.

Por un instante volvió a ella esa cara de duda, esa mirada curiosa dispuesta a aprender.

-Sorpréndeme. ¿Por qué no?
-Porque no es esa parte de mi la que te atrae a mis brazos cada vez que sabes de mi existencia. Siempre he sido y seré esa persona esquiva y fuerte a la que me quiero parecer. Es el opuesto el signo que atrae. Ambos sabemos que si yo no fuese ese bruto indomable no me respetarías, igual que yo te aprecio por mantener firmes tus ideales. Me deseas por el simple hecho de necesitar esa victoria, quieres domesticar a la fiera y, cuando lo consigas; te hartarás de mí.

 

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