La vida que llevo no es como la imaginé. Aunque no quiero que parezca una queja de ello, pero nadie logra adivinar que pasará mañana. Eso si que es seguro.
Mi historia transcurre cada dos meses en otra ciudad, más ahora si cabe ahora en las Américas. Vivo como muchos otros querrían. Un sueldo opulento, seguridad en mi trabajo y un oficio variado. A cada pocas semanas tengo mis días para volver y abrazar a mi familia. A la que me aguantó y acompañó a este lado del charco. Paso los días entre cócteles, proyectos, presentaciones y estudios; atrás quedaron las horas de escritorio frente a la ventana, cartabones, compases y tablas. Carpetas, archivadores y planos por doquier. Extraño ese olor del carbón y los folios desgastados, libros, manuales y los susurros de las bibliotecas.
La mayor dicotomía del ser humano es la dualidad de su vida presente por los hechos del pasado. Siempre me reafirmo en los errores cometidos, si volviese allí volvería a provocarlos; pero es innegable que siento curiosidad.
Y rodeado de estos pensamientos ando con la oficina montada en el coche ahora que llueve en la ciudad. Inadvertido pero no oculto, tras el cristal la juventud sigue con sus travesuras, los comercios cerrando pronto y una venerable pareja de ancianos abrazados bajo el mismo paraguas vivo.

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