Lo que hace a un hombre dichoso no es más que lo que siente por aquello que ama y le rodea.
Cada vez las noches son más largas. La de hoy pasa ya de las 10 de la mañana y el Sol aún no ha salido. Se la habrá tenido que pegar por ahí, por que se ve a lo lejos un par de edificios en llamas, allí en el polígono. Los gallos cantan a medias. Los bostezos que se asoman a las ventanas miran en rededor y se vuelven a la cama, achicando los hombros. Pero un hombre puede soñar…
Quien ahora vuelve de fiesta no sabe si empezar otra vez o es que ha bebido demasiado. Yo ando sin palabras, sin esa espontaneidad de antes. Me gustaba sorprenderme. Y sin embargo ahora noto que me faltan fuerzas, que me quedo solo o mudo y que ni a mi me interesa ni gusta lo que hago. Me hago viejo pero me siento peor.
Las parejas de los anuncios en la tele siguen sonriendo. Creo que actúan. Sin querer verlos más me llama el alfeizar y bajo los codos derrotados se sospecha a un niñato corretear. Jugar. Las luces del escenario le hacen parecer alguien importante, le quedan bien. Cuando me descubre observándolo primero vacila, luego aprende y me saluda. Aquel yo, con menos barba y menos pelo, con todo lo atolondrado y loco que demostraba ser, era mucho más controlador de lo que yo seré jamás. Ese crío es capaz de desfrutar entre bambalinas de la silueta más sutil de toda la avenida, la más insignificante y pura curva de naturaleza humana y toda vertiente de arte. Ya no escribo tan raudo como solía, ya no siento esa bohemia. Ya llegó el ocaso de esa manera de sentir que me define
Cuando uno está orgulloso de lo que hace, aunque lo haga mal, es feliz.

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