Cada vez que la veía, parecía sonreír. Cada vez que me acordaba de ella, solía despertar. Cada vez que ella tropezaba conmigo, el tiempo corría en contra. Apenas la conocía, solo sabía su nombre.
Y ella los sabía. Cada vez que me iba, me veía contento; cada vez que lo necesitaba, solía aparecer y darme ese empujón de alegría que me faltaba. Le debía demasiado sin siquiera pretenderlo. Algo había en ella. Algo que nos conseguía hacer distintos a los dos.
En la música, el autor puede llegar a entender como la gente que le oye se siente, si consiguen transmitir mediante su melodía eso que ellos mismos sintieron al hacerlo. Es, además, una necesidad, algo pretendido.
Supongo que empezó como cualquier historia. Casualidad.

Siempre tan formal como diferente, naturalmente único. Quizás el único misterio que encerraba era el simple hecho de adivinar que era lo que la hacía especial. Su forma de ser.
Pero ni ella iba a cambiar, ni yo podía permitírmelo. Hay veces que es la curiosidad lo que mantiene el interés, el final desconocido de un buen libro. Ella era el polluelo que acomete el primer vuelo por la curiosidad de lo que es volar, o mejor, ella es la increíble sensación de volar… hacia no se donde.
Pero, alguien que vive para viajar, quizás no tenga destino al que llegar. Y no se si eso es bueno o malo. A mi de momento me sirve para seguir enganchado, que no es poco.
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