-Cinco minutos para que se abra el Pit Lane.
La megafonía del circuito avisó en ingles, y después en francés, para que todos el mundo volviese a sentir el revuelo de los garajes bien presente. Desde ahí a estar sentado frente a un semáforo no recuerdo nada, como si no hubiese sucedido. En el semáforo se encienden las cinco luces rojas. Cuatro. Tres, dos, uno… La aceleración me pareció brutal, exagerada. Sentí como si algo tirase de mi hacia atrás, perdí el equilibrio, rodé y caí. Desperté.
Aún medio aturdido enfoqué poco a poco la carretera. El ruido del mar lejano. La cama húmeda de la casa de la playa, verano de calor. Algo daba demasiadas vueltas por mi cabeza como para dejarme dormir tranquilo, aunque no tan necesario o apremiante como para hacerme estar trabajando. Y sin embargo no dejo de ver coches, o pensarlos. Ni uno solo en toda la avenida. Durante un instante, silencio de motor.
Por las noches parece como que la temperatura ambiente da un respiro. Necesito la ventana abierta para descansar. Necesito que baje la temperatura de mi cuerpo para poder sentirme fatigado. Y lo que para muchos podría ser ruido, a mi oído despreocupado casi le parece un a nana. Un sonido meloso, melódico y rítmico. El amigo Doppler se encarga de que el tono varíe y de que cada nota salte dentro de una suerte de orquesta de un solo tipo de instrumento. Con infinitud de afinaciones.
Son momentos de realizarme. Vivo en la fase en que las noches no son para dormir, sirven para pensar. Medio desnudo deambuleo buscando una jarra de agua fría, que hoy acabo rociando por mi nuca. Pero me va a servir de algo más. O la voy a utilizar. Así es mucho más fácil borrar la pizarra. Me pongo a dibujar. A desprenderme de los trazos para el próximo vehículos que realicemos. Empiezo a imaginarme como será nuestra próxima creación
A esta hora se trabaja mejor. Nunca habrá distracciones, solo motivos para sentirme más solo y más raro. El inhumano. Desubicado.

Deja un comentario