Vamos a ello

Espacio para pensar en voz alta de Angel Arias

La ventana abierta

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De par en par. La ventana abierta, la persiana cogida en todo lo alto y la cortina toda a la izquierda, sujeta con el pie de la cama. Para ver bien la lluvia de esa noche. Habían pasado ya dos o tres en vela, sin saber por qué, congelado contra el cristal. Cuando se aburría…

De par en par. La ventana abierta, la persiana cogida en todo lo alto y la cortina toda a la izquierda, sujeta con el pie de la cama. Para ver bien la lluvia de esa noche.

Habían pasado ya dos o tres en vela, sin saber por qué, congelado contra el cristal. Cuando se aburría se echaba encima la manta, se hacía un ovillo en la esquina del cabecero y leía durante horas. Fue entonces cuando describió que no soportaba el simple hecho de ver amanecer. La salida del Sol le aturdía tanto que empezó a esconderse de la luz a esa hora. También se dio cuenta de lo estúpido que puede llegar a ser el cuerpo: El suyo podía haber pasado casi semanas así, vagando y absorto durante casi una semana entera pero luego podía caer rendido y no aparecer en días, deambular por toda la casa por no encontrarse solo en su cama y después yacer durante horas en el sofá del salón. La manta no calentaba tanto como el nórdico, pero le traía recuerdos.

A veces se sentía así. Solo, aislado, en ese claro del bosque al atardecer, con la vegetación tan alta que ocultase toda luz de la ciudad. ¿Cómo poder explicarlo? Era esa sensación extraña de nuevo, sentir que llegaba un momento importante; pero nunca llegaba. O quizás fuese solamente que debía tomas una decisión, que había algo que lo angustiaba tanto que, hasta que no se resolviese, iba a seguir así. Sólo restaba adivinar cuál era la cuestión. No soportaba el estrés.

-Al igual que ahora, en cada época de exámenes parece que me guste rememorarlo, consigo evocar toda esa sensación de querer hacer algo grande.

El primer café de la mañana se le seguía haciendo eterno. Llevaba mucho tiempo trabajando en lo mismo, sin éxito ninguno. Y eso le quemaba. Desde dentro hacia fuera. Como el sabor amargo que te recorre todo. Extraño.

Entonces volvió a desaparecer. Cerró los ojos y se durmió. Esta vez le resultó fácil. El ruido de la lluvia le animaba a estarse quieto, acurrucado en silencio cerca de la ventana. Pronto el romper continuo de las olas acompasó el ritmo de sus pulsaciones, cada vez más contundentes por el temporal, profundas.

Despertó un tiempo después y, aún inconsciente, comenzó a buscar alguna referencia del lugar donde se encontraba, alguna pista de lo que pretendía hacer y algún recuerdo del día anterior. Para entonces ya viajaba en un autobús poco ocupado y había cambiado de costa. Lo sabía porque la vegetación no era digna de un clima tan cálido como al que estaba acostumbrado. Había viajado de Sur a Norte de la Península. Eso explicaba también que la llovizna fuese tan fina, en contraste con la esporádica y torrencial de Málaga. Viajar con el sol de frente a las cinco de la tarde suponía hacerlo hacia el Oeste, y la costa que asomaba usualmente tendría que ser bañada por el Cantábrico. Si. De hecho, esos picos escarpados de la otra ventana tenían que ser los de Europa.

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Bajó en Cangas de Onís, paseando por todo el parque natural, pasando horas muertas alterando el inmutable espejo de Enol y aunque menos, de la Ercina; haciendo rebotar en el piedras y piedras. Era lo que más le gustaba. Sentarse allí y que le atropellase la noche. El frío del lugar, poder sentirse tan solo allí, pequeño. Humano.

Una de esas tardes, al bajar del puerto ya de noche, le llamaron la atención las luces del complejo de Covadonga. Lo que empezó en curiosidad se tornó en un par de horas de deambular, de volver a sentir esa sensación de conciencia intranquila. Y de repente lo comprendió todo.

Ni siquiera pasó la noche en el hospedaje. Cogió lo poco que llevaba y volvió al camino. Empezó a recordarlo todo. Entendió que en casa había logrado ser todo lo que soñaba como persona, pero quería saber más. Necesitaba saber cómo funciona la mente, la gente. Por eso escapó.

Todo el mundo necesita un quehacer, algo en lo que basar su vida, una prioridad. Como en la religión, es increíble el poder que tiene la motivación en el animal a la hora de perseguir un objetivo, una meta, un destino. La pasión de tu vida, quienes te rodean, tu familia o ese alguien especial, poco importa, porque todo ello está ahí por ti.

Esta vez empezó a pie, pero continuó avanzando. No era el primero que hacía en camino, así que la senda estaba clara, bien marcada. Incluso puede que ahora tuviese compañía  pero esa ya sería otra historia. Por fin tenía destino. Santiago de Compostela esperaba y la lluvia volvía a caer.

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