Hubo un tiempo en que toda historia que provocase desprecio recibía un severo correctivo rápidamente. Dicen que era un lugar donde todo el mundo sabía lo que quería y se luchaba y protestaba por ello.
Pero desde que la gente convirtió el afán de mejora en un reto personal, se encuentra perdido uno de los valores que hizo a esta especie distinguirse: la confianza.
Si no somos ni capaces de organizarnos y poner recursos en común para tratar de seguir adelante, ¿cómo narices se va a conseguir?. Es estúpido que alguien deje de utilizar la herramienta que le ha lanzado a la gloria por el simple hecho de pretender parecer un verdadero ídolo.
Como todos esos cantantes que abandonan el grupo, como el poeta que no cree en ningún amor, no creo que funcione; por muchas excepciones que me enseñen.
No sería malo volver a esa época en que en televisión primaban los documentales y el periodismo serio, serio; en los altavoces sonasen siempre las viejas baladas e himnos de rock que todo el mundo debería conocer y en la calle, una y otra persona ayudando, poniendo su mano obrera y con ella la arena que grano a grano permite eregir los nuevos y avanzados cimientos de la nueva civilización que sueño se avecina, que asoma con miedo entre la juventud oprimida e inconsciente, con atisbos de cambio y anhelo de aquello que nunca conoció.
Como cuando las guitarras más poderosas eran capaces de enseñarnos lo que de verdad necesitábamos, y gracias a ellas por ser capaces de compilar y presentar todos nuestros miedos, sentimientos y sensaciones.
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