Elisabeth. Mi pequeña y dulce Elisabeth.
¿Qué fue de ti? ¿Qué es de tu vida? ¿Siguen esos ojos sonriendo como siempre? Aún recuerdo cuando los veía pasar.
Espero que seas feliz. A llegado a tal punto mi vida tal que ya no quiero dejar ningún cabo suelto. No es excusa, ni pretendo que lo parezca, puedes molestarte por la tardanza. Si no escribí antes simplemente fue porque no quise.
Simplemente quería ahora saber de ti, que puedo volver a la ciudad sabiendo que me echas de menos. Que no puedes vivir sin mi.
¿Recuerdas aquel coche azul? Aquel descapotable que tanto te gustaba, Aquél con el que por las noches salíamos a jugar al escondite. Por eso me volví a acordar de ti ahora. Tengo que deshacerme de él, pues últimamente no tengo hueco para para dejarle en mi vida. Los deportivos clásicos son ahora mi nuevo capricho.
Sé que tuviste hijos. Espero que nunca me conozcan. Ellos tienen ya una familia perfecta, así que no soy yo quien para contarles una verdad, no me gustaría distraerlos ni un segundo con mi vida loca, como tu catalogaste.
Cariño mio, no estés triste. Porque tu sabes que siempre te amé. Pero ni tu estabas hecha para vivir colgando ni yo para arrastrarte. Nunca lo dudé, hicimos bien en despedirnos. Nunca me he arrepentido de ello.
Supongo que a estas alturas ya estarás odiándome y, de no ser así, me decepcionarías, No pienses que me conoces tanto. No creas que soy el más chulo de cuantos pasaron por tu puerta, sino el que más alto llegó.
No. No creo que no te hayas enterado de lo que logré. Lo conseguí. Solo permíteme esa linea de regodeo. Y, sin embargo, me juzgas. Pero ambos sabemos que quizás, solo quizás, es envidia. Puede que hoy lo niegues, pero te hubiese encantado haber venido.
No pequeña. Yo no lo busqué. El éxito vino solo. Yo solo me ceñí a perseguir mi sueño, a vivir mi vida como siempre quise, a toda velocidad, atropelladamente. Y, ahora que me sonríes, lo entenderás.
Esta carta sirve solo para darte las gracias, porque todo lo que logré, lo conseguí gracias a ti, a que me diste de lado porque pensabas que no era suficiente con que te amase, que nunca iba a ser nadie.
Llámame cínico, que lo seré, pero no se puede esperar otra cosa de mi. No puedo mentirte, pero menos infravalorarme. Descubrimos juntos que la falsa modestia solo es otro lastre, seguro que lo recuerdas. Y siempre lo tengo ahora presente, sé quien soy, lo que quiero y lo que voy a conseguir. Por supuesto que me importa todo, aunque me muestre irreverente, siempre debí ser así: más sensible de lo que me puedo permitir mostrar. Lástima.
Mi cielo, Elisabeth, tu nombre va ser leyenda. Una leyenda que quedará escrito en el firmamento, en mitad de de la noche con luz tan clara como tus ojos.
Ahora, entonces y siempre tuyo.

Deja un comentario