La persecución los llevó hasta el viejo hangar, el que estaba situado al fondo del puerto, el que llevaba años cerrado, abandonado. Aunque fuese a plena luz del día, allí adentro no se veía nada. Incluso, el fugitivo se encargó de que nadie pudiese iluminar lo que quedaba de la nave y, según entró, disparo alto a los focos antes de ocultarse.
La policía pretendía rodear el edificio, pero el no tenía tanto tiempo, no pensaba ya con claridad, no iba a volver a dejarle escapar.
Desde dentro, ambos pudieron escuchar el motor de una pequeña Zodiac resonar tras las desnudas paredes de metal, la lancha que pretendía hacerlo huir, pero había un inconveniente: El primero que se dejase ver, el primero que se moviese se pondría a tiro. Y ninguno tenía mucho tiempo para esperar.
De repente, la cristalera del la habitación de al lado estalló en mil pedazos, inundando todo el habitáculo con un millón de esquirlas. Los dos disparos sonaron simultáneos, ambas balas cruzaron silbando la lluvia de cristal y luz que de repente lo envolvía todo. Los dos disparos que impactaron en cuerpos en direcciones perpendiculares, con suertes distintas. De repente, todo valor perdió su importancia.
Estaba seguro de que no había sido un tiro limpio, que no lo había matado. De hecho, vio como se tambaleaba, se arrastraba hasta la ventana y se dejaba caer. No le importó. No lo dudó ni un segundo. En otra ocasión ya había corrido tras es con fatal suerte. Cuando su madre fue asesinada fue directo en busca de la venganza, lo que no le dio ocasión siquiera de despedirse. Esta vez no cometió el mismo error.
Sin importarle las heridas producidas por los restos de vidrio, sin pensarlo, se lanzó corriendo hacia el cuerpo inerte de su compañera. La miró con la dureza que habituaba, pero esta vez pretendía decirle la verdad. La sostenía en sus brazos, sin pestañear, porque ambos sabían que el disparo había sido mortal, pero no se resignaba a creerlo.
-No te vallas, no puedes irte así, no me creo que hayas sido tan imprudente.
-Necesitabas esa oportunidad. Aún no se que haces sin correr tras el…
-Me prometiste que lo cogeríamos juntos. Deja de llorar. No voy a dejar que te vallas…
…Te necesito… Te amo.
-No… Yo a ti no…

Pero ni lo que ella dijese le importaba, ni iba a cambiar lo que sentía, ni ella podía permitirse no mentirle y dejar que sufriese por todo el tiempo que él la necesitaría a partir de ahora.
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