Vamos a ello

Espacio para pensar en voz alta de Angel Arias

Desaparecer

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El otro día me pasó algo realmente curioso: Se me ocurrió una gran idea. Tan rápido como pude corrí hacia mi despacho, mi centro de estudio. Es un pequeño despacho donde me siento a gusto, recluido, aislado. Seguramente harto de la banalidad diaria, de las conversaciones intrascendentes a las que asisto, quise quedarme solo. Y…

El otro día me pasó algo realmente curioso:
Se me ocurrió una gran idea. Tan rápido como pude corrí hacia mi despacho, mi centro de estudio. Es un pequeño despacho donde me siento a gusto, recluido, aislado. Seguramente harto de la banalidad diaria, de las conversaciones intrascendentes a las que asisto, quise quedarme solo. Y pensar. Y escribir.
No quería nada. No buscaba nada. Solo me puse a idear, a imaginar, a dibujar y diseñarlo todo. Cogí lápiz y papel y puse todo mi empeño en ello.

La casa acabó empapelada. Techos, paredes, suelos… No quedaba palmo libre de la superposición de una idea nueva, otro mundo imaginario, en el que lo que antes fue realidad quedó túpidamete tapado por una alfombra monocromo. Una vez quedé satisfecho, me levanté y me quedé mirando el desastre que había ocasionado. El desorden era notable, pero había algo que lo hacia atractivo. Volví a fijarme en algunos de ellos, algunos encontré que apenas sabría por qué dibujé, recordaba o siquiera reconocía ya. ¿Cuanto tiempo había pasado? Al tomar noción del tiempo, me fijé en el periódico: más que días, pasaron meses, años… y seguía teniendo el periódico del día en la mesa. Entonces me di cuenta: ¿quién lo traía? ¿Quién ponía la comida todos los días? En general, ¿quién había cuidado de mi todo este tiempo?
Alcé la mirada y la ví. Solo corrí hacia ella y la besé. Lo comprendí entonces todo de golpe. Aunque, lo realmente gracioso, es que comenzaba a pensar que no había sacado nada bueno de todo aquél tiempo.

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