Últimamente ando viviendo entre giroscopios y autovalores, entre folios en blanco y cortinas de humo, viviendo duro, mordiéndolo todo… y hay muchos anzuelos. Hoy ni la música me despierta. Me digo a mi mismo que debe ser así: debo ser feliz, debo quererlo todo. ¿Para qué si no están puestos los años?
Como la lluvia que cae cuando estoy triste para alegrarme el día. Hay una pequeña golondrina que se posa en mi alfeizar cada vez que me asomo a la ventana, a respirar hondo, sentir el frío del cristal de diciembre de Granada y a hundir la cara entre mis manos. A veces quiero sentir como que me dice algo, que me habla. Espero poder entenderla algún día.
Hay una herida en mi, que sana con su canto y con las gotas que caen también, pero cada vez que intento entenderlo me hago más daño. Eso es lo que no entiendo, por qué no cesan en su intento de curarla.
Escribe en negro la golondrina, ahora parece dejarme señales. Aprenderá ella a hablarme antes que yo a entenderla, ya lo verás. Me pintó una rosa de los vientos, otro giroscopio… señales. Señales que aún no he leído, y siento el irrefrenable deseo de hacerlo.
A veces parece increíble. La mayoría de las cosas increíbles lo son. Imposibles. Bueno, a pesar de parecer un loco; y con todo el orgullo de serlo, la bella ave me observa extrañada al escribir, ahora mismo, desde mi ventana. Y estoy por dejarla entrar.
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