Vamos a ello

Espacio para pensar en voz alta de Angel Arias

Adios Dulcinea

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Traqueteaba la estancia por que la vía no estaba bien remachada. El tren de las 12 hoy me llevaría a Francia, eso era lo acordado: Me pasaría la vida conociendo mundo a cambio de no tener lugar al que llamar hogar. Hacía tiempo que había perdido la noción de la familia, del tiempo y de…

El último tren perdido

Traqueteaba la estancia por que la vía no estaba bien remachada. El tren de las 12 hoy me llevaría a Francia, eso era lo acordado: Me pasaría la vida conociendo mundo a cambio de no tener lugar al que llamar hogar. Hacía tiempo que había perdido la noción de la familia, del tiempo y de la posición. Me encontraba perdido, cada vez más apuntalado en el mapa. Conocía todos los síndromes del viajero, todos los males que alguien así podía llegar a sufrir; pero aún así estaba bien. La gente al conocerlo se quedaba asombrada: ¿Quién no ha soñado alguna vez con viajar más allá del horizonte? Para mi, siempre estaría despejado. No importa el pasado, pues pasado está, no importa el futuro, pues no se puede cambiar. Por eso, nervioso, hacía lo que mejor se le daba (o quizás lo único que hacía bien), caminar de un sitio para otro. Impaciente. Expectante. Volvía a cruzar una y otra vez la línea.

-Disculpe, señor. ¿Le sucede algo?

Se dice que tu hogar está donde esté tu corazón. Pues bien, desde aquél momento, mi corazón viajó conmigo.

Pero esa es otra travesía aún por contar.

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