Prosigamos con la serie de historias existenciales momentaneas:
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Nada. Nada lo iba a hacer salir hoy de su estado de ensimismamiento. Hoy no estaba de humor. De hecho no sabia siquiera de que humor estaba. Sentado solo en el comedor abarrotado de gente , comia con las pocas ganas que nunca tubo. Y en verdad no sabia ni lo que le pasaba, no sabia ni en lo que pensar. ¿Por qué no iba a estar contento? Lo tenia todo: una familia que le queria, alguien que le hacia soñar y amigos con los que disfrutar… pero siquiera podia verlos. Hacia tiempo que habia emigrado de su cuidad, abandonandolo todo. Una nueva vida, penso, una nueva esperanza o un cambio de aires. Y la verdad es que al principio lo logro, pero de pronto todo eso dejó de ser valido. No era excusa suficiente como para haber dejado tanto atras. «Si no hubiese sido tan necio, si no hubiese pensado solo en mi… seguro hubiese aprobechado mejor cada segundo con ellos».
Corria el mes de noviembre y llovia cuando aconteció que un elegante señor mayor cogió su gabardina y salio por la puerta de casa con la intencion de no volver. Toda la gente del lugar sabía ya de sobra esto y, por mucho que les doliera el verlo marchar, sabian que era su decisión. Y la respetaban. «Señorita, deme un billete hacia el último lugar que usted pensaria que yo podria ir. Por favor, hagalo sin preguntas y sin que importe el coste, pues estoy cerca del fin de mis años y hace varios que no se nada de mi hijo».
Una fria mañana de enero un joven desorientadoy bohemio hizo acopio de toda la poca valentia que le quedaba dentro y se preparo para viajar de nuevo a lo desconocido. Y la razón no era otra que necesitar otro nuevo comienzo, solo uno más… Con la cabeza baja compro el billete que le devolviera a cualquier destino, no sin el esfuerzo de reconocerse. Hoy, al menos, sabia que estaba haciendo lo que debia. Hoy podia dirección a su antigua vida. Hoy queria volver a casa.
La noche caia pesada y la puerta del tren se abrio. Cogió la maleta pensando en que durante el trayecto almenos podria descansar, o al menos le reconfortaba pensar que podria hacerlo. Sin que le diese tiempo a reaccionar, un pobre hombre arrapiento cayo exausto sobre sus brazos, justo a tiempo de escuchar el llanto que coincidiría con su último aliento. Porque todos cuanto allí estaban no olvidaran jamas la angustia de aquel abrazo, tan fuerte que solo logró ser ahogada por el grito de «¡Padre!»
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