A cero. El contador se ha parado. La cuenta atrás acabó y el display rojo dejó de cambiar, mostraba solo un dígito repetido. Se acabó, ya no hay tiempo para nada. Nada que corregir, a pesar del evidente fallo. Y eso que parece fácil la solución ahora.
De acero. Sus nervios siempre lo fueron y esta vez no iba a ser menos. Tan pronto como el semáforo se apago echó a correr. Encendió el equipo y la música estridente comenzó a sonar. El rasgueo de la guitarra parecía querer acompañar al rugir del motor del deportivo negro que hacía retumbar toda la calle a su paso.
El gustaba de vivir como si todo fuese una carrera, deprisa. “Para vivir más hay que correr más y dormir menos” solía decir. Parecía disfrutar de todo aquello que suponía poder, era bueno en el juego y desafortunado en la vida. Amaba el riesgo, era lo único que lo mantenía despierto en todo momento. Y eso no era bueno, pues se jugaba el todo por el todo a todas horas de manera estúpida. ¿Estúpida? Era el amo y señor de los faroles. Nadie nunca se atrevía a seguirle y así era como ganaba todas sus apuestas. Vividor.
No se detendría ante nada, al revés, lo vería como un nuevo reto; y eso, más temprano que tarde, le llevaría a la perdición. Y él lo sabía, pero, “¿qué mayor placer existe que el de haberte pasado toda tu vida disfrutando?”. Y, aunque nunca llegué a saber cuánto le quemaban por dentro estas palabras, aunque nunca llegó a mostrar ningún síntoma de debilidad, yo sabía que se sentía así. Comprendía que a nadie le gusta vivir solo eternamente, lo leía en el cada vez que me lanzaba aquella mirada desafiante. Le entendía como se entiende a esas personas de las que verdaderamente te preocupas.
No recuerdo la infinidad de veces que le aconsejé que lo dejase, pues jamás me dejaría que se lo pidiese, que lo hiciese por el resto del mundo al que importaba. Pero su vida era suya, y eso era algo que quedaba claro cada vez que hablaba. Y, aunque seguramente que llegó a planteárselo en alguna ocasión, jamás se haría caso siquiera a sí mismo.
De acero.
De pronto apareció aquella gran carrera, el gran reto. No había terminado de leer la inscripción cuando ya estaba haciendo pruebas y arreglos en su Camaro SS. Estaba especialmente motivado, inspirado incluso. Parecía que todo le saldría perfecto. Otra vez.
Se apagó el semáforo y la recta de salida quedó marcada con la huella de los neumáticos. El ruido era ensordecedor, y nadie de los allí presentes se atrevía a parar de chillar, pero los decibelios aumentaron exponencialmente al contemplarse a lo lejos el fulgor de la explosión, el ronco sonido del atropello, el temblor del impacto.
De acero, así fue su despedida, como a él le habría gustado. Por aquel entonces ya no le preocupaba a nadie, pero fue entonces cuando volvió a sorprendernos. Bajo su casa apareció toda una galería de arte. Montones de libros, escritos por editar, textos que nadie pensaría que podrían ser suyos, novelas, poemas y ensayos firmados todos por su puño y letra.
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Se fue sin despedirse, pero no porque no se acordase de nosotros, si no por ser como era. En cuanto a mí, me dejó el mayor de sus bienes: su historia. La historia de un libro que empieza así.
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