Y sus ojos eran de ámbar, los más recesivos y difíciles de ver. Eran las dos piedras más brillantes que jamás admiré.
( http://www.goear.com/listen/2ab447f/moriria-por-vos-amaral )
Desde que empezó la sesión, sabía que pasaría por una nueva obsesión. No sabía vivir ni por ni para otra cosa: era pintor. No poseía ningún don, más que el de la perseverancia, su mundo envuelto en tela y las manchas que por todos lados iba dejando. Pero era apasionado. Apasionado con todo lo que hacía.
Tenía unas manos bastas, para nada delicadas, duras del carboncillo. Nadie sabía como había llegado allí, ni como conseguía seguir en pie. Tenía más dinero del que aparentaba, pero seguía vistiendo esas feas camisas a cuadros y los vaqueros rotos, desnutrido, flaco, volvía todas las noches al apartamento, se tiraba de un salto al sofá y se encendía un pitillo; para después ver como se terminaba de consumir desde la terraza del octavo, con vistas al mar. Y pensaba.
No solía vender nada, ni un solo dibujo, odiaba las exposiciones propias, el deshumanismo persistente y demás metidas de palos por el culo que le rodeaban, nada de formalismos. De hecho, no conocía otra forma de vida: cuando creaba motivado por alguien o algo, solía ceder a este su creación. Comía de la gente que lo quería, por ser como era, pero no por hambre.
Y cuando se apagaba, volvía a las andadas. Entrecruzaba sus manos, y con su aliento pretendía hacerlas entrar en calor. Repetidamente. Con trazas púrpuras y claros, hoy se veía pasear, de espaldas, cabizbajo, destrozado.
-¿De dónde vino?
-¿Perdón?
-La modelo, ¿de dónde vino? ¿Quién la mandó?
-No fue nadie, solo una joven que vio el anuncio y quiso venir a posar…
Y así desapareció. Se había pasado todas las clases con ella presente perdido en su mirada. Sus ojos. Unos ojos felinos, inquietos, inocentes y perdidos. Era lo único que se había permitido dibujar de aquella mujer que posaba desnuda para todos, nerviosa, decidida. Y eso era lo único que le quedaba para comenzar a buscar.
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