Vamos a ello

Espacio para pensar en voz alta de Angel Arias

Hielo 3 – Cerca del puerto

a Supongo que sería la segunda hora de uno de aquellos primeros viernes de clase, por que coincidió con una práctica de física, lo cual ahora no deja de ser una bonita ironía:

-Mello, te busco luego en el descanso, ¿vale?

-Que pasa, ¿qué no aguantas ni dos horas sin mi?

-(Risas) Que va, es para que me invites al desayuno hoy.

Los días se sucedían tranquilos en aquella villa hasta que la conocí, o mejor dicho, hasta que me percate de su existencia. Sentada en la mesa contigua a la mía había una muchacha de apariencia tranquila y personalidad serena, con una tez pálida y la melena suelta, compuesta por también claros cabellos ondulados. Sin dudarlo era una belleza, pero no aun explotada, quizá por ello vestía ropa cómoda pero seria, conformando un estilo propio y elegante de botas militares, camisas sedosas bajo un fino jersey o una bata o que se yo. Como si no le importase nada de lo que la rodeaba, caminaba normalmente sola y siempre en dirección a la sala de estudio, donde lo último que encontrarías seria ruido.

Al pasar lista el tutor, me enteré de que su nombre era Helena (¿Con “H”? -Correcto- comprobó el profesor). Había algo de misticismo en ella, o quizás fuese yo mismo quien lo viese así, pero el caso es que hacía justicia a su imagen. ¿Y por qué no? Perfectamente podría ser una persona solitaria aunque no por ello marginada si no al revés, la típica alumna perfecta que todos desean y a quien todos se acercan por necesidad, siendo siempre respondidos con amabilidad y simpatía. Quizás fuese justa de carisma a la par que tímida, pero cordial en el trato y firme en la situación pertinente. Pero este perfil solo era una suposición.

A la salida de la clase Izan me sorprendió:

-Guapa, ¿verdad?

-¿Quién?

-No te hagas ilusiones. Te he visto mirándola un par de veces antes.

-Simplemente me ha llamado la atención, porque ni siquiera sabía que era de nuestra clase.

-Normal, siempre anda sola de aquí para allá. Es muy maja, pero también muy rara.

-¿A qué te refieres?

-Precisamente a que nadie sabe nada de ella ni se le conocen amigos ni nada…

-¿De quién habláis, chicos? –Mello nos alcanzó escaleras arriba.

-Nada, luego te cuento…

-Que a nuestro amiguito le gusta la rara- Izan lo soltó con una voz más alta de lo normal, acompañado de carcajadas, como queriendo hacerme sonrojar.

-No tiene por qué ser así, es solo que me ha llamado la atención, nada más.

~~~

 

Me desperté sobresaltado que aquel sueño raro como si quisiera seguir estando esa estancia. No sé – o no quería saber- a ciencia exacta quien era aquella joven del corredor que veía en sueños, pero el hecho es solo sería la primera de muchas veces seguidas que iba a dormir pensando en ella. “Apenas” eran las cinco y poco de la tarde. Me había quedado traspuesto en el sofá del salón. Al apagarse la tele, regresé de golpe al mundo real.

-Sofía: ¡Buenos días, dormilón!

-__: Dios, me he quedado dormido… (aún desperezándome)

-Laura (desde la cocina): Pues espabila, que te toca ir a hacer la compra

El mercado estaba en el pueblo, pero mientras fuese escuchando música no me importaba ir solo, o al menos eso me decía a mí mismo.

-Sube que te acerco.

Una pequeña moto se me acercó desde atrás y como no, acepté.

-Tú vives al final del paseo de la alameda, ¿verdad?

-¿Cómo lo sabes?

-Oí que unos extranjeros habían comprado la aquella casa y es la primera vez que te veo por aquí, asique…

Su voz sonaba ronca tras el casco, pero sin duda era de mujer. Al llegar a mi portal me bajé y se fue tan rápido que no me dio ni tiempo a despedirme.

-Laura: ¡Que rápido has llegado!

-Demasiado.

-Mejor así, recuperas lo que has perdido durmiendo. Espero que no se te haya olvidado nada, que si no… Por cierto, ha llamado un tal Iván, o algo así.

-¿Izan?

-Ese mismo. Tienes el número apuntado en el cuaderno del cajón bajo el teléfono

Tras llamarle, Izan nos citó a mí y a Mello en el puerto al caer la tarde. Desde allí el cielo reflejaba en las suaves ondulaciones del agua un color rojizo apagado degradado hasta el azul profundo de la lejanía del mar. Nos contó que allí había forjado amistad con todo miembro nuevo que se les unía, como un pacto simbólico de lealtad. Fue como hacernos ver que él, bajo la ruda apariencia que paseaba, apreciaba mucho valores como la amistad. A decir verdad, me apetecía bastante eso de navegar.