El primer día de jornada normal en el instituto paré frente a la fachada del centro antes de entrar. Tomé aire y respiré profundamente un par de veces. Era como un ritual, lo hacía casi sin querer cada vez que llegaba de una nueva mudanza a una nueva localidad. De hecho aún lo sigo haciendo, revivo mentalmente unas palabras de ánimo, poco si de una profecía para atraer a la suerte se tratase. Y la verdad, es que no me puedo quejar de que no funcionase…
Todos sabemos que los primeros días de curso son de adaptación y por lo tanto más suaves de lo normal, así que era estos días los que más aprovechaba para conocer a mis compañeros. En ese primer recreo, Izan me presentó a su “panda” como había prometido: eran un grupo de amigos en general joviales con ganas de reírse y disfrutar en esta vida, algunos de ellos dejando aparte incluso los estudios por ello pero sin llegar a echarse a la mala vida. Con ellos pasé los primeros descansos entre clase y clase pero, y puede que fuese pronto para decirlo, presentía que no sería con ellos con quien pasaría el resto del curso, pues se empezaban a tomar los estudios como una escusa para reunirse y yo necesitaba tomármelos en serio y sacar nota en los finales. Sin embargo también empecé a darme cuenta de que Izan no era como ellos, tenía algo distinto al resto, algo que no tenía nada que ver con la popularidad que parecía tener entre el resto de sus amigos. No, definitivamente no era una cualidad subjetiva, si no que era algo en su personalidad, pero no conseguía distinguirla del todo. No sé, digamos que tenía una personalidad especial.
Bajaba para el aula de informática abandonado en mis pensamientos cuando un “¡Espera!” me desconcentró y me hizo resbalar un par de escalones hasta el rellano. La gente de alrededor que lo vio reía por lo bajo. Era Miguelángello quien me llamaba.
– ¡Ups! Perdona, no quería asustarte. ¿Estás bien?
– Tranquilo, no es nada.
– Mejor así -me dijo mientras me sonreía-. Soy Miguel, de tu clase –y me tendió la mano en señal de amistad-.
– Encantado, yo soy __ -dije mientras me levantaba con su apoyo-. ¿Tú también tienes informática?
– Si –y me volvió a enseñar su sonrisa-. Tenía ganas de conocerte ¿sabes?, yo también soy nuevo aquí este año.
Migue era un muchacho muy risueño, era algo más alto que yo y de complexión delgada. Tenía el pelo muy rubio y ondulado y las facciones de la cara afiladas. Comparando horarios vi que tenía parecidas optativas a las mías, al contrario que Izan, por lo que en las clases que no estaba con uno estaba acompañado por el otro. Migue era más hablador (en el buen sentido) que Izan, por lo que supe que venía de un colegio que antes le pillaba muy lejos (problemas de papeleo), pero que su padre trabajaba en el puerto y su madre era oficinista en un pueblo cercano. Fue él quien descubrió dos días después que vivíamos cerca, atravesando el paseo de la alameda, adonde él también se había mudado tras vivir en un piso de alquiler en la capital.
Miguelángello y yo comenzamos a salir los viernes con Izan y los suyos. Las primeras semanas nos estuvieron enseñando el pueblo y también pasábamos mucho tiempo en la pista de skate, pues a muchos de ellos les gustaba patinar. Una de las cosas que más me gusto del pueblo era una especie de pequeñas cuevas situadas en la parte posterior del monte que dejaba al pueblo entre sí y la costa. Muchas de esas grutas estaban decoradas por grupos de adolescentes que solían ir allí como lugar de reunión. Era como una pequeña ciudad oculta en la que habitaban en armonía multitud de grupos adolescentes, y la verdad es que era digno el respeto que allí se tenía a las “casas” ajenas. La del grupo de Izan estaba decorada con varios posters y enormes pegatinas de marcas que ellos solían usar, un peñasco en el centro a modo de mesa, velas por todos lados de distintas formas y colores y una tela en la entrada a modo de puerta. Era un lugar muy íntimo para ellos, así que Miguelángello y yo no quisimos entrar mucho. Además, esa cueva se encontraba particularmente escondida detrás de unos matorrales, lo que para ellos suponía una suerte y un plus de intimidad. Era un lugar muy acogedor a decir verdad.
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Posteriormente me llevaría una gran impresión al ver que aquel grupo de amigos tenía una visión muy especial de su tierra. Era como si supiesen de la existencia de los geniales parajes que los rodeaban pero no fuesen capaces o no supiesen como aprovecharlos. Sin embargo sí que se sentían orgullosos de ellos, cosa que quedó bien clara en las primeras visitas que hicimos con ellos al pueblo. En estos paseos Mello y yo íbamos haciendo comentarios y preguntas, por lo que fue entonces cuando empecé quizás a conocerlo bien: era también entusiasta de las bellezas que se nos presentaban, pero prefería los espacios abiertos, era muy sociable y animado, pero a la vez contaba con el don de la sensatez; y unido a ello puede que el de la serenidad. Todo lo contrario que Izan. Él siempre era el más lanzado, el más decidido, como un líder al que todos toman como ejemplo, pero a la vez esperan para decidirse o no por hacer tal locura. Con el tiempo comprendí que era esta posición de líder la que le había inculcado esa forma de ser. No los colocaría como polos extremos porque en Izan también se podía encontrar aquella manera de saber cuidar a los suyos. Era interesante escucharlos conversar.
