Vamos a ello

Espacio para pensar en voz alta de Angel Arias

Hielo 1 – Camino a casa

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Aquel camino era inmensamente grande. Mi casa estaba alejada del núcleo del pueblo y comunicada con este por un paseo en el que, de vez en cuando, encontrabas la entrada de una urbanización. Pero mi casa era la última del pueblo. De hecho se encontraba al lado del límite del municipio, lindando con el bosque, situado en una zona despejada. El caso es que, mientras recorría aquellos parajes, tenia libre mucho tiempo para pensar en mis cosas (que nunca eran pocas). Con el tiempo me aprendí de tal forma paseo que podría hacerlo con los ojos cerrados y, de hecho, lo hacía. Me gustaba abandonarme al conjunto de envolventes sentimientos que me llegaba a poder producir, caminar descalzo pisando las hojas y la tierra húmeda, escuchar la naturaleza abrumadora o ver a los pájaros que aún asomaban por la calle antes de que llegase el frió a la comarca. Suena a tiempos más fáciles…

Al llegar a casa, lo primero era hacer la comida con mis hermanas. Debo admitir que ellas sabían de cocina bastante más que yo, así que, en realidad, yo ayudaba en lo que buenamente podía. Los días que mi padre comía en casa, lo hacíamos en el salón -pues a él le gustaba almorzar con la sensación de hacerlo en familia- pero si no nos apañábamos con la mesa de la cocina, que era más fácil de limpiar. Después de limpiar cada uno se iba a hace sus tareas. La mía era subir al cuarto para dedicar un rato a los estudios, aunque en realidad muchos días la dejaba a medio hacer por ir a descansar a la terraza. Ese lugar era para mí un verdadero santuario. Era el lugar más confortable de toda la casa: amplio, equipado con un par de tumbonas y unas

inmejorables vistas. En verano solía subir en la noche a la terraza o bajar a la playa, pues el vaivén de las olas me relajaba tanto que incluso a veces me quedaba dormido:

 

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Desde que en verano nos instalamos en esta nueva casa vivo enamorado de este lugar. Nunca antes había estado en la playa así que esta era una residencia especial. Todos los días bajaba pronto a caminar por la orilla del mar, tan pronto que a veces lo hacía aún antes de que amaneciese por completo (ventajas del insomnio supongo). Solía llegar hasta el puerto del pueblo, donde los pescadores recogían la pesca del día y empezaba la actividad comercial. Admiraba mucho a esos hombres: le tenía un gran respeto al mar. En algunas ocasiones eran familias enteras las que llegaban a la costa con la captura del día y, una vez en puerto, se distribuían para realizar las tareas portuarias antes de descansar. Había gente que me miraba extrañado allí, pues aun no me conocían; pero con el paso de los días incluso me saludaban. Eran los primeros atisbos de vida del pueblo que veía, ya que de la compra se encargaba mi padre y –al no necesitar nada más- no tenia mayor motivo para bajar. Y así siguió mi vida hasta que comenzaron las clases.

Aquel día mi padre nos llevó a mis hermanas y a mí al que sería nuestro nuevo instituto en el coche familiar. A este iban niños y niñas de varios pueblos de alrededor, pero yo tenía en suerte que el mío no era el más lejano. Por timidez o porque la mayoría de pupitres ya estaban ocupados me termine sentando en un lateral de la clase cuyas mesas estaban libres. Mientras sacaba algo para apuntar el horario y con un desparpajo que no esperaba Izan se sentó junto a mí. Fue entonces cuando, al mirarlo de golpe, la luz del sol me deslumbró. Supongo que por eso fue por lo que me saludó con un tímido “Hola” mientras hacía una rara mueca al ver mi reacción. De su nombre me enteré al pasar lista el tutor del curso, quien nos dio la bienvenida al centro personalmente a Miguelángello y a mí; los recién ingresados. Al terminar la corta jornada de presentación fue cuando tuve la primera conversación con Izan, que me prometió que al día siguiente me presentaría a varios amigos suyos. Izan era un muchacho esbelto, muy moreno, con el pelo no muy corto y la cara redondeada. Tenía unas facciones suaves y una llamativa cicatriz en el lado izquierdo de la cara, justo debajo de la sien, tapado como sin querer por un mechón que destacaba en el peinado.

Al salir del instituto fui a un parque cercano, donde supuestamente debía esperar a que mi padre me recogiera, pero no llevaba demasiado tiempo tumbado en el césped cuando recibí su llamada al móvil con las indicaciones del camino a casa, puesto que él ya había recogido a mis hermanas que salieron antes y estaba con en la consulta del dentista, ya que ese día tenían revisión ambas y la cita se había demorado. Fue por ese motivo por el que volví a casa por el camino de la alameda. Era la primera vez que pasaba por allí andando y fue tan grata la sensación que, desde ese día y siempre que el tiempo no me lo impidiese, volvería a casa de ese modo. Lo poco que conocía de aquella región me entusiasmaba de sobremanera.

Aquellos primeros días del curso pasaron rápidos con la ilusión de ir conociendo a nuevos amigos y que además me enseñaran los bellos recovecos del pueblo al que esta vez había ido a parar. A decir verdad, nunca antes me había fijado en los paisajes que me rodeaban. Si es cierto que, como todo el mundo, siempre he tenido lugares que eran especiales para mi, donde me sentida henchido de alegría y a donde iba cuando sentía tristeza, pero nunca me había parado a contemplar el ambiente que me envolvía. Ahora sin embargo me paraba incluso a observar detalladamente los cuadros que los pintores hacían en el paseo marítimo del puerto. Me llamaban especialmente la atención los cuadros que veía y conseguía adivinar el lugar concreto que estaban retratando, pues estos los podía comparar con la imagen real del lugar que tenía en mi cabeza. Por otra parte, empezaba a estar apenado por que, debido a las clases, tendría que dejar los paseos matutinos por la playa.