Vamos a ello

Espacio para pensar en voz alta de Angel Arias

Hielo 0 – Yo soy

Hielo1¿Alguna vez has contemplado una lágrima congelada? Yo sí, y te puedo asegurar que es una de las cosas más bellas de este mundo. Y no es tan difícil de obtener: Tan solo tienes que ir a un lugar muy frio y recordar mi historia.

Volvía a casa tras otra jornada en el instituto, alegre por que aún era de las primeras del año. Caminaba por una calzada cortada al tráfico y tenía todo el ancho de la calle para sí. El camino estaba envuelto por sendas hileras de álamos y el suelo  estaba tapizado con un manto de tonos marrones y amarillos por sus hojas puesto que ese año y a aquella cuidad había llegado rápido el otoño.  Y digo aquella porque no sabía ni donde estaba. Caminaba despacio, contemplando el paisaje y escuchando música. Paseaba alegre, pues estaba conociendo a mucha gente y estaba haciendo nuevos amigos.

Mi nombre es __ __ ( así, sin tilde) y tengo 17 años. Mi padre es militar y sus continuas destinaciones son la razón de que nos mudamos tanto. Tengo dos hermanas menores que yo: Sofía y Laura. Mi madre murió hace un par de años en un accidente de tráfico. La verdad es que mis hermanas aprendieron a valerse por sí solas mucho antes que mi padre y yo, aunque siempre que recuerdan a mi madre todavía echan a llorar. Tienen edades parejas y se llevan muy bien. Echando la vista atrás, veo que ya hemos vivido en muchos lugares distintos: en la periferia de Sevilla, un pueblo de los exteriores de Madrid, Granada y, por último, en una villa costera de Asturias cerca de Gijón. La verdad es que me gusta viajar y me he acostumbrado a ello. De cada uno de los lugares en los que he vivido me quedaron muchos recuerdos y muy buenos amigos, aunque (y esta es la única pega que tengo) con ninguno tuve tiempo de intimar demasiado. Yo nunca tuve a esa persona especial a la que llamar y contar cualquier cosa que me suceda, que sabes que siempre estará ahí para escucharte y darte consejo, mientras que mis hermanas siempre se han tenido la una a la otra y mi padre se desahogaba con el trabajo.  Por ello es por lo que creo que me gusta escribir. Siempre que me ocurría algo, lo escribía en un papel que guardaba en una caja oculta en mi habitación. Con el tiempo aprendí que la mejor manera de redactar esos hechos era en poesía, pues así conseguía expresar mejor mis sentimientos.  Tenía en mi poder varios cientos de poemas, de diversos temas y situaciones acumulados, todos dispersos en diferentes libretas, libros y demás antes de ser almacenados en la caja; una caja grande marrón de unas botas viejas que incluso ya había tirado. La caja estaba escondida tras un montón de zapatos en el mueble de al lado de la cama. Ese mueble se encontraba a la derecha de la puerta de mi cuarto según entrabas. Al fondo a la derecha, una gran ventana por la que se podía contemplar un hermoso paisaje, o al menos a mí me lo parecía: un pequeño bosque de oscuros ramajes a la izquierda complementado por varios claros de verde y fresca hierba que desaparecían de repente para dar lugar a una ancha playa de fina arena agitada solo por la danza de las olas. Recuerdo que me pasaba horas apoyado en el alfeizar de la ventana, contemplando el paisaje, embelesado mirando a cualquier velero que pasaba o imaginándomelos. Muchas veces, el paisaje me instaba a escribir sobre él. Uno de esos poemas decía así:

 

~~~

 

Es uno de los primeros poemas que escribí después de mudarme y de eso hace algún tiempo. Ahora que lo vuelvo a releer me doy cuenta del gran cambio que han experimentado mis poemas, en mi opinión para mejor. Otra cosa de las que me doy cuenta ahora es que casi siempre escribo pensando en una musa a pesar de hablar de un paisaje, aunque en mi cabeza no tuviese ninguna imagen de ella; es más, recuerdo que podía representarla con muchas personas; pero no es momento para hablar de ellas.

Mi cuarto lo completaban un espacioso escritorio bien equipado de material de dibujo y escritura y una estantería a continuación. Sobre esta destacaba un puñado de fotografías de personas y lugares hermosos  esperando a ser colgadas en las paredes de mi habitación y un viejo tercer puesto en forma de trofeo de una competición de baloncesto de las fiestas de pueblo de mi madre y la camiseta del equipo. Aun seguimos visitando periódicamente aquél pueblo. Es un pequeño pueblo de montaña aragonés. En contraste dista mucho del clima de aquí. Allí las navidades son blancas y la nieve llega a cubrirlo todo. La afición a la fotografía se debe en gran parte a un regalo en forma de cámara con la que empecé a ilustrar mi cuarto con las imágenes de este pueblo. Al ser un pueblo pirenaico, mucha gente habla francés. Yo también hablo en francés con un nivel fluido por ello y porque una vez hicimos un viaje de quince días a Niza. Creo que estar en un lugar en el que hablan otro idioma es la mejor manera de aprenderlo. Pero esto tampoco tiene nada que ver ya con la historia.

Yo era el chico nuevo de mi clase y mucha gente se animaba a conocerme. Es por eso por lo que conozco a tanta gente, aunque luego resulte que no vuelva a hablar con ellos. La gente, en general, me fascina. Cada persona tiene una historia propia que, si sabes cómo llegar a ella, quedara en tu memoria para siempre. Es algo simpar, por  lo que siempre recordaras a dicha persona. Además, todas estas historias me enriquecían, tanto como persona como lírico, y me daban ideas que forman aún parte de mi historia.