Cojeaba. Con la capucha de la sudadera puesta, remangado y mirando al suelo, por si alguien pretendía ver sus ojos. Las lágrimas se confundirían con la lluvia. Apesadumbrado. Lento, muy lento. Miraba al parque, imaginando mejores días en los que estuviesen llenos. Esos fantasmas eran los que le hacían daño. Con los que se hacía tanto daño
-No. No confío en él. No confío en él. No me fío de nada de lo que dice o hace. No confío en él.
Había pasado bastante ya desde esas palabras, pero seguían sonando cercanas en su cabeza. Desde que las escuchó, a cada fracaso se las repetía una y otra vez, le acechaba cuando estaba cerca y le instaban a caer en él. Su error. Nunca temió a nada que no fuesen sus miedos, esas estupideces que pensaba. Era algo que sabía bien, aunque hubiese más cosas a las que respetaba tanto, tanto que podían influirle.
Y así, cuando se sentía perdido, solo o fracasado, todo se le venía encima. Todo lo relacionaba. Y aunque de espíritu nunca se permitiría abandonar, nunca sabía cómo volver a arrancar tras una dura caída.
Hacía mucho que caminada así, solo. Eso era algo que él mismo había decidido hacía ya. Ni se arrepentía ni habría cambiado nunca de opinión, pero eso no implicaba que no se sintiese solo, ni que le gustase. En realidad, era ese su único miedo comprensible.
Le hacía sentir inútil. Era como no tener ninguna referencia, nada ni nadie con lo que compararse. Podía tratar de mejorar o aprender, pero ¿para qué? No iba a llegar a ser mejor o peor que nadie de manera consciente. ¿Qué sentido tenía entonces crecer? Necesitaba de un sistema de referencia, un marco.
Para eso dibujaba. Para eso diseñaba y escribía. No era seguro que alguien lo leyese, le hiciese caso, sin embargo, le servía de apoyo y sostén, sin el cual no sería capaz de nada. No quería tensión, quería competición, motivación. Pero eso escaseaba por estos lares…
¿Es triste llorar por el fracaso? ¿Quizás sea útil? ¿Acaso había fracasado? Siquiera le importaba.
Hoy era de esos días tontos, como los domingos por la tarde en las que uno le da por pensar en vez de pararse a tomar aire, replicar en vez de trabajar.
¿Sabes? Era de esos días en los que el cielo está tan negro que no te permite ni soñar con salir a correr. Te asusta. Pero esa lluvia estúpida se tornó en verdad y, en el mismo momento en el que miró al cielo con los ojos cerrados, la noche se iluminó, las gotas se reflejaron en él y sus lágrimas se perdieron con el primer trueno.
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Pero rendirse… Hay veces que lo más tentador debe cumplirse. No por fácil, si no por humano. No por error comprensible, si no por vivirlo, no por hacerlo mal. Por cabezota.
Era de esas personas que no valora tanto los errores de la gente, si no la capacidad de corregirlos. No valoraba tanto la capacidad de reparar todo de la vida de alguien como la satisfacción de por hacerlo, sin que ni siquiera le afectaba el problema.
-Contéstame. Dime que no hay nada mejor que levantar la cabeza y comenzar a suspirar cuando te estás ahogando. Dime que no hay nada mejor que la sensación de salvarte en el último segundo, de superar otra prueba. Aunque no lo parezca, eso es lo que te hace crecer. Piensa en el silencio que provoca. ¿Cómo va a ser alguien bueno sin el malo que le proponga problema por arreglar? Piensa en el silencio que provoca, la tensión que te hace despertar. Piensa en todo miedo, en toda prueba o reto que necesites superar.
Solamente serio se logra algo serio.
Si señor. Cuando todo lo serio quede caído, solo queda reírse y largarse.
Empezaba a irse la luz, pero la música seguía sonando por los auriculares bajo la capucha. Las voces de todos esos artistas que nunca le llegarían a conocer eran los únicos compañeros de viaje que siempre le acompañaban. Eran ellos los que le cantaban al oído todos los días, le daban las “buenas noches”. Ese era su otro gran amor. Amaba a su guitarra.
Cada vez que se sentía tan solo que nadie podría sacarle una sonrisa, ella lo hacía. La tomaba fuerte por la cintura, rozando suavemente sus curvas, levantaba la cabeza y, solo entonces, ambos ronroneaban a la par.
No sabría decir si se le daba especialmente bien, pero para él no había necesidad de hacerlo. Tocaba por placer. Todas las noches que no dormía, ella era la única que conseguía cansarlo hasta que cayese rendido. Todas las noches. Casi todas. Por supuesto que entonces soñaba con hacerlo, algún día, subido a un escenario. Quería llegar a sentir algún día la sensación de bienestar que imaginaba cuando alguien se sabía sus canciones, que le habían marcado. Aunque, para ser justo, en todos sus sueños era reconocido y admirado por sus logros.
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Siempre fue mucho más arisco de lo que pensó. Comprensivo en las distancias cortas, con grandes habilidades sociales, pero mucho desdén, rabia contenida con todo aquello que no compartía, que consideraba poco ético. Ético no es la palabra. Era muy respetuoso, aunque casi nunca se guardaba sus opiniones para sí, nunca trataba de criticar a nadie, de herir. Afable.
Sabía lo que quería conseguir en la vida, lo que necesitaba y urdía grandes planes con los que alcanzar tales fines; a largo plazo. Sabía cómo conducir su vida, pero no a dónde le llevaría. Quería viajar, como ahora lo hacía, conocer el mundo. Sólo una vez antes había echado raíces y, aunque no sabría decir si le fue bien o mal, no pretendía volver a hacerlo; por lo menos a corto plazo, años.
Tenía una mente que, lejos de ser privilegiada, rebosaba de habilidad. La lógica lo era todo para él. Todo lo regía y, aunque nunca haría nada que se saliese de ella, le encantaba idear locuras, gustaba de ser espontáneo. A veces era reconocido como loco, lúcido y calculador. En ocasiones parecía carecer de sangre, o quizás tenerla muy fría. Era mal estudiante pero, guiado por sus deducciones, finalmente siempre conseguía salir adelante.
Siempre creyó que le gustaba llorar, aunque nunca lo hiciese. Era muy expresivo cuando de verdad algo le afectaba, lo sentía. Empico. Era capaz de hundir la cabeza en la almohada cada vez que una canción lenta se lo propusiese, de ponerse en situaciones que nadie querría vivir con solo imaginárselo. Digamos que controlaba sus emociones, y por eso le gustaba tanto abandonarse a ellas.
El tiempo lo hizo así. Al menos, eso es lo que solía repetirse. Consciente de que una persona no se hace nunca a sí misma, que todo lo que le rodea le afecta y transforma. Pero pretendía ser mejor, aunque fuese por mantener tranquila su consciencia, siempre quería aprender algo nuevo, involucrarse en campañas antigubernamentales y perderse en el campo.
Le gustaba la acción. Correr. Como si todo lo que le rodease fuese un obstáculo, una conspiración, solo que en su paranoia todo era tan real como realmente lo es.
Cada vez que bajaba a la ciudad, a clase, se cantaba a sí mismo que todo iba a ir bien. Siempre. Aunque durante el día nunca llegase a sentirse así, aunque el estudio y el trabajo lo transformasen en una versión de él totalmente distinta; cuando subía de vuelta volvía a cantarse lo mismo. Era siempre positivo, aunque las cosa nunca llegasen a salir como quería.
Caía bien por eso, en el mundo de la ingeniería siempre hacía falta alguien que, tras caer en la cuenta del error, fuese capaz de postular que tal fallo no lo era, era solo un ejemplo de cómo las cosas no se deben hacer. No era un líder nato, nunca quería serlo, aunque todo el mundo acabase preguntándole y haciéndole caso. Era bueno en su trabajo. Era un hombre de equipo, y lo fue desde sus primeros trabajos en la facultad. Y de eso hac
Aunque inexperto como el que más, era tan curioso que siempre aprendía de la experiencia, de las buenas y las malas praxis, rápidamente. Incluso se podría decir que le gustaba equivocarse, hacerse daño, en cierto grado; aunque luego siempre le costase más volver a levantarse y continuar, esta vez lo hacía más seguro, más confiado y firme. Mejor.
Propiciaba tanta indiferencia como miedo a veces, por loco e irresponsable, también irreverente. Pero, aunque en este mundo nadie lo reconociese, lograba siempre resultados satisfactorios.
Amaba el diseño. Sobre todas las cosas. En el mundo ideal que todos tenemos, el suyo estaría completamente construido por él, hecho a su medida y ordenes. Muy despacio, muy paciente, pero útil, increíblemente resistente aunque su forma no lo aparentase, bello a su manera. Duro.
Nunca se creyó artista, aunque su cabeza quisiese haberlo hecho. Se involucraba demasiado en todo proyecto que le entusiasmaba, cargaba siempre con la mayor parte del trabajo sobre sus espaldas, desatendiendo el resto de su vida. Ponía todo patas arriba cada vez que detectaba un fallo, pulía hasta el último detalle aunque tuviese que ser a escondidas de algún compañero, para no molestarle. Eso era también un problema, pues nunca conseguía cerrar un proyecto, siempre ideaba algo con lo que mejorarlo, disfrutaba ideando mil maneras de perfeccionarlo todo; y eso traía de cabeza a sus compañeros que, aunque nunca lo reconociesen, siempre le debían la razón. Sólo los plazos, el tiempo, se interponían entre él y ese arte que parecía añorar. Porque fuera de él, sin motivo alguno, solía pensar en retomar trabajos ya entregados. Porque en mente tenía un detalle más. Otra locura, otra genialidad u otra tontería.
De todos era sabido que, tras ese afán de perfección, había una capa de pereza. En un mundo en el que los se superponen siempre a las virtudes, se le tachaba por su dejadez. Pero siempre le quedaba la excusa del tiempo. Nunca llegaba pronto a ninguna parte, pues odiaba esperar.
El tiempo era también gran parte de sus pensamientos. Su futuro parecía desdoblarse en las mil posibilidades que escribían sus elecciones, pero esto hacía que siempre estuviese definido. Tenía un plan que seguir, una vida que escribir, aunque ya la tuviese en mente.
Tanto como las formas, su cabeza lo relacionaba todo con la estadística y la probabilidad. Todo estaba firmemente calculado, superficialmente, antes de ser ejecutado. Todo vuelo que su cabeza permitiese parecía perderle en una espiral de ruido de formas y color, pero todo seguía allí algún orden caótico. Sin motivo aparente perdía de repente la consciencia y caía al suelo, muy de vez en cuando, mareado. Sin daño alguno, soñaba que seguía consciente, que seguía trabajando en aquello que estuviese tramando en ese preciso instante, aunque de forma más abierta, desde arriba, como si se viese a él mismo, en tercera persona. Y lo veía ya de manera normal. Sus descuidos alimentarios y de salud, unido a tantas noches sin dormir causados por su ajetreada vida mental hacían que nunca se asustase por un extraño así, por tonta que fuese la caída o la situación en la que se presentase el desvaído. Además, siempre contaba con una sonrisa cada una de aquellas raras cicatrices, sus señas de guerra.
Nunca encontraba tiempo para sus hobbies. Para su querida guitarra, para sus escapadas a la vega o a la costa, por eso acababa cumpliéndolos como una necesidad. Cuando apretaba e agobio, el estrés. Cada vez que olvidaba qué tenía que estudiar o cualquier otra cita. Cada vez que alguien o algo decía que lo necesitaba, por el motivo que fuese, por estúpido que el motivo fuese y por rara que la situación pudiese tornarse. El despiste era su naturaleza, la procrastinación su trabajo y la desconcentración su motivo. Cometía el fallo de involucrarse más en lo común que en lo individual. Pero esto también quedaba explicado por su afán de competición.
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En todos sus años de carrera jamás consiguió una matrícula, pero siempre iba al día; aunque fueses a trompicones. Sabía que llegaría a ser el mejor por aquella sórdida idea de que todo saldría bien, se sentía poderoso. Se sentía asqueado cada vez que veía las noticias en televisión, o a alguien comentándolas. Anotaba mentalmente cada fallo que se cometía y trataba siempre de discutirlo individualmente, para no causar mofa o disputa de cara al resto. Siempre serio. Le encantaba que le criticasen, pues eso suponía que estaba siendo observado, evaluado y, aunque siempre atendía a la corrección, sólo hacía caso cuando consideraba que era realista, que realmente era un fallo. Y con ello obtenía siempre un notable cambio y mejora.
Odiaba las matemáticas, en todas sus formas, pero era la única rama en la que había logrado algún que otro mérito. De pequeño, antes de salir al mundo a estudiar, ya visitaba la universidad local todos los fines de semana y asistía a clases para alumnos con aptitudes excepcionales, participaba en competiciones intelectuales y obtenía buen resultado en todas ellas. De ahí que la lógica y la matemática básica fuese la más fuerte de sus bazas, a la vez que motivaban su repulsa por la matemática compleja. A pesar de saber su utilidad, siempre lograba resolverlo todo a un nivel más simple, a su manera. Y eso solía exigirle muchas explicaciones.
Pero eso era su nueva vida. Atrás había dejado esa forma de ser amigable que tanto le gustaba, y desde fuera la había convertido en un arma a utilizar cada vez que volvía de visita. Nunca fue meloso, pero cayó en la cuenta de que debía dar tanto cariño como quería recibir más tarde, demasiado como para poder darlo a quienes le conocían ya cuando los perdió. Eso fue lo que lo convirtió en un cabrón. Otro chico irreverente de los que parecen las plazas plagados a altas horas, aunque se diferenciase de ellos por sus ideas. Con el tiempo, bebedor exquisito, jugador y ciudadano del mundo, de culo inquieto; en todo bar encontraba a aquella dama con la que compartir la velada. Otra vida y su historia, que se cruzaban sin sentido ni motivo alguno con la suya. Puede que nunca llegase a entender el porqué, más allá del roce humano que le pudiesen propiciar aquellas charlas a oscuras, tanto le gustaban. En cierto modo, eran como otra canción más, un cuento contado con la destreza individual de quien lo cuenta.
Con el tiempo y el dinero de los primeros trabajos remunerados llegó a formar una banda con la que contar todas aquellas historias y cuentos que le perseguían. Puede que por no irse realmente lejos, por poder volver a casa tan rápido en caso de necesidad fue por lo que no supo nunca donde le gustaría afincarse, no llegaba a conocer realmente los encantos de todos esos parajes que luchaba por conocer, pero eso le permitía prometer que volvería, que aún le quedaban muchas calles por las que perderse. Y sólo la casualidad podría así definirle por completo. Algún día.
Nunca supo cómo definirse más allá de dar su nombre, ni tampoco qué le gustaba. No sabía expresarse, aunque de transmitir se fundamentaba todo lo que hacía y pretendía hacer.

