¿Ves todo el campo lleno de espejos? Hasta más allá del horizonte llega toda esta planta solar. Y no es ni de lejos una de mis mayores propiedades, que va. Al ver todo esto me siento afortunado. ¿Qué ingeniero no sueña con tener su propia industria? Me llamo — — y considero que he triunfado en esta vida, aunque solo sea de momento.
Je.
Sobre una piedra en lo alto de la colina, trajeado desde hace unos días y con la barba de entonces, distinguía toda la explanada sobre la que aquellos espejos seguían produciendo electricidad. A su vista, astillados, viejos, ennegrecidos… Acordes con él. Aún era joven y ya le había parecía haber sufrido toda una vida. Vagaba desgastado, por inercia, ensimismado; con la única idea fija de había logrado todo cuanto cabría desear y aún se encontraba vacío, inútil… infeliz.
La corbata, aunque muy suelta, le ahogaba; por eso se la quitó, para tener algo con qué hacer un gesto de tensión, de rabia contenida, y empezar a llorar.
—
¿Ves todo ese terreno lleno de transformadores? Yo dirijo esta pequeña central. Al ver todo esto me siento afortunado. ¿Qué ingeniero no sueña con tener su propia industria? Me llamo — — y considero que he triunfado en esta vida, aunque solo sea de momento.
Un joven muchacho caminaba imaginativo de vuelta a casa por la cuesta de al lado del parque de la laguna, bordeando la pequeña central eléctrica que suministraba toda la energía al barrio. Volvía de la nueva facultad construida a las afueras de la ciudad, una ciudad nueva para él. Desde niño había sabido que le gustaba diseñar, que le encantaba construir y que ese era su único destino; no le importaba si para ello tenía que viajar lejos o dejar mucho atrás (o quizás era que no lo había considerado aún). De hecho, le entusiasmaba viajar, escapar, empezar de nuevo, volver a tener un cuadro vacío con el que poder recomenzar a dibujar su vida o sus cosas. Eran un muchacho nervioso, inquieto y algo alocado. Siempre soñaba despierto y era conocido por ello.
De momento. Esa era su muletilla favorita. La usaba casi tan a menudo como imaginaba su futuro. Siempre se veía como un triunfador en aquello que le gustaba, no por su grandeza, sino más bien por cabezota. Aunque paciente, era muy perseverante en aquello que deseaba. Por eso seguía andando aquel día. Aunque se acercaba el invierno y las aulas quedaban lejos de su residencia, caminaba porque era una de las pocas formas de encontrar tiempo para abandonarse a la música que siempre llevaba encima y olvidarse de todo. Le encantaba la lluvia. Le llenaba del optimismo que tan pocas veces se muestra y que tanto le caracterizaba.
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Las maletas por los aires. Acababa de llegar a Málaga y no sabía ni con quién compartiría piso, pero aquél ático le encantaba. Siquiera había elegido habitación, lo metió todo hasta el salón y se fue con la guitarra a la terraza, a hacer un poco de ruido. A relajarse, a escapar.
Todo el viaje le había parecido una carrera. Todo había sido rápido, empujado. Llevaba días sin dormir, tratando de cerrar todo capítulo de su vida anterior, pretendiendo dejar a un lado todo lo que le pudiese distraer. Desde que tenía uso de razón sabía que este día llegaría, que tarde o temprano le llegaría la oportunidad de comenzar a vivir, de volar. Y lo había conseguido.
Encaramado a la tobera de la chimenea podía distinguir prácticamente todas las luces de la ciudad. Si no fuese por la nube de polución y bruma, incluso podría distinguir el funcionamiento de las grúas del puerto. Tenía toda la ciudad bajo sus pies, literalmente. Una nueva ciudad por vivir. Un hogar por descubrir.
Ni la primera, ni la segunda. A la tercera noche logró por fin dormir, agotado. Se había pasado las tardes paseando perdido, las mañanas planeando qué quería ver y las noches pensando que no necesitaba soñar. Fueron veladas de cerveza y rock suave, tanto que los gatos que asomaban por los tejados pensaban que se les llamaba a comer, y la gastada Academy de su abuelo hasta le hacía los coros con el amplificador apagado. Quería darle a aquél ático una personalidad, como el color de la madera vieja, y por eso la habitación rezumaba CD’s y cables por los cuatro costados.
Esa era su debilidad. Su necesidad. No podía ni respirar sin pensar en música, no podía hacer nada sin estar canturreando alguna canción o melodía para sí mismo. Sencillamente, era imposible, como un maníaco, obsesionado. Pero le encantaba ser así.
Lo primero que instalo en la casa fue la torre de amplificación, el audio, en el salón, cerca de la puerta de cristal que daba salida a la terraza, con las ruedas para sacarlo todo rápido. En cuanto vio, abrazado a Steell; así se llamaba su guitarra. La vieja plateada, su amiga.
Incombustible. Como los viejos rockeros. Dulce, ondulada y sensual. Sus curvas eran como las de una mujer, marcadas, para tener por dónde agarrarla, para hacerla chillar, gritar de placer. Era su única compañía, su única amistad, la única persona (para él lo era) que le seguía acompañando después de la mudanza. Nunca fue de soñar con mujeres, nunca fue de esas personas que necesitaba contárselo todo a alguien (todo), porque la tenía a ella. Steell era como la mascota o hermana que nunca tuvo.
Haciendo memoria, era lo único que le había acompañado durante toda esa vida de espera, nunca respondió a una mala crítica. Hasta con ella era así. Arisco, serio. Demasiado sincero.
Durante aquella semana esperando a que empezara el curso, la terraza se convirtió en su habitación. Buscó pronto una tela resistente con la que hacer una hamaca. Al final acabó haciendo la tela jirones y, con ellos, series de nudos que terminaron por conformar una malla, bastante más eficaz que la tela simple. En un extremo la ató a uno de los soporte de la pérgola. En el otro utilizó un soporte de madera que el mismo construyó reciclando unos listones de madera que encontró. Las herramientas que utilizó fue lo primero que compró para el hogar y lo que menos usó.
